GRACIELA SARALEGUI Tocando fondo AM£R/CA£E£FICCIONES Tacando fondo A MÉRH'ALEE FICOOXES Novela Graciela Saralegui Tocando fondo EDITORIAL AMERITADLE S. R. L. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 © by Editorial Amíricalee, S. R. L. Buenos Aires, 1965 IMPRESO EN ARGENTINA PRINTED IN ARGENTINA LUCRECIA I Tú siempre lo pensaste, aunque miles de veces, arrin¬ conada entre tus dibujos, tus brazos, tus insultos, es¬ taba segura de que nunca te habían enseñado el signi¬ ficado de “yo pienso, tú piensas, él piensa” y la maestra ya debía de besarte los rulos amarillos, porque eras rubio y frágil y llorón y como yo corrías detrás de los gorriones y te orinabas sobre los pisos como ahora lo hace Alejo aunque le refreguemos el hocico contra el suelo para que aprenda. Tú lo sabías —de memoria lo sabías—, como llegaste a conocer mi cuerpo pulgada por pulgada, como lie gaste a conocer mi dicha, la de encontrarte, la de te¬ nerte en mí —dentro de mí—, como llegaste a conocer mi pena —la única absoluta—, la de perderte indefec¬ tiblemente para siempre. La palabra siempre la deletree con llanto cuando me pegaban porque siempre lloraba. Pero ahora... ¿qué es lo que pasa ahora que no sé donde estás, que te fuiste, que me dejaste crucificada en este silencio que me rodea desde que nací, que me rodea como tus bra¬ zos, como tus dibujos, como tus insultos? ,¿Te acordarás ahora de mi miedo a la vida? Aun¬ que te cansabas de repetirnos: “si conseguimos mirar¬ la de frente, colgarnos de sus cuernos, morderle el ros¬ tro y escupírselo, entonces todo el miedo se caerá de golpe, como cuando nos desnudamos apurados con la impaciencia del momento, para que el momento no 9 pase, para que se prolongue el momento... ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Nunca pude cerrar la ventana para no ver la luz del día, para que fuese noche y tú volvieras a gol¬ pear en la puerta, a subir la escalera, a cruzar el corre¬ dor oscuro, a encontrarte conmigo sobre la cama, sobre mi cuerpo, las piernas como arañas, los brazos como arañas, la lengua como arañas, hasta matarme para nacerme nuevamente. 10 II Hacía quince días que Antonio se había marchado a Europa. Lo único que Antonio supo hacer en su vida, fue ser sobrino del nuevo ministro de Instrucción Pú¬ blica. Así consiguió la beca y la misión de la Biblio¬ teca Nacional para averiguar de las cartas cambiadas entre Delmira Agustini y un viejo y conocido homose¬ xual parisiense, crítico literario de importancia. Antes de su viaje le di clases de literatura para po¬ nerlo al tanto de la vida y la obra de Delmira. También le hablé de Artigas. Era muy importante que se fuera sabiendo algo de Artigas. —Con Gardel me arreglo —me decía—, les canto el "Cambalache” y dejo a los franchutes tendidos sobre el Sena. Europa: maldita fijación. Nacidos con los ojos pues¬ tos en Europa nos llamábamos americanos, sí, lo que quieras, pero cultura europea y muebles europeos y ropa europea y cualquier cosa europea. Desarraigados del pelo a los pies. Aunque siempre hubo un Manolo, (y veo a la tía Sara estupefacta. [Ah un gran artista pero impresentable. Si tan solo se afeitara!.. . ¡impre¬ sentable!—) que con ataques americanistas nos comba¬ tía amargado. Pero ahora, ahora que él se ha ido, que nunca vol¬ verá —sé que no hay vuelta—, que me ha dejado aquí para siempre —de nuevo la palabra "siempre” como en la infancia, con llanto— sí, para siempre, con mi 11 marido, con mis hijos, con mi perro, en este maldito sitio, en esta maldita tierra americana, casualmente americana, aunque podría pertenecer a otro continen¬ te cualquiera, Europa por ejemplo. .. o América. Amé¬ rica sin mestizos, sin terremoto, sin trópico, sin mon¬ taña, sin nieve, a-m-é-r-i-c-a, engendro americano, en¬ gendro europeo, engendro con gauchos enterrados, con mate en los partidos de fútbol, pijamas en las puertas de las casas de barrio de pacífica clase media, casas de oficinistas, nubes de oficinistas, de jubilados con el sueño de la casita propia y de politiqueros enriquecidos. Entonces, al no estar Antonio, empezamos a reunir¬ nos en la pieza de Olascoaga. Olascoaga el buen mozo, el que había desfilado por todas las facultades, el in¬ vulnerable Olascoaga alumno de Humanidades. Él nunca imaginó, aunque nosotros siempre lo vimos terminar sentado delante de una máquina de escri¬ bir, en la sección de un banco ni fu ni fa, un banco que han asaltado cuatro veces por tener sucursales ale¬ jadas del centro, sucursales en calles perdidas, allí, don¬ de hoy vive Olascoaga casado, con tres hijos y una mujer gordita que le gusta ir al cine a ver películas románticas y que también trabaja en el noveno piso del Municipio en Instalaciones Mecánicas, donde se ha hecho amiga de Laura, que uno ni sabe como tam¬ bién ha ido a parar allí. Laura hablando con la gordita de Olascoaga en un extraño diálogo monologado sobre filosofía y recetas de cocina... o tal vez solo sobre re¬ cetas de cocina, porque Laura siempre fue medio már¬ tir, media santa, un pan de Dios que Dios había y ha olvidado desde que nació. Y era linda la facultad. Era vieja, sucia, llena de viento, ese viento tan nuestro, incómodo, uruguayo, tan que no deja estar peinada en la calle y que desnuda de improviso en las esquinas. Yo también pertenecía al plantel de los inútiles: a la “Facultad de Humanidades y Ciencias”, “Facultad de los Vagos”, "Facultad de los Millonarios”, millonarios de a vintén, ratones de biblioteca. ¿Y después qué ha¬ cías con el título de licenciado? Licenciado en letras, 12 Licenciado en filosofía. Te lo colgabas, te lo colgabas donde mejor se viera. Rascarte, limpiarte la boca, el traste, lo que tuvieras más sucio, con el blanco diplo¬ ma de letras negras y doradas, bien dibujadas, bien góticas, bien de Facultad de Humanidades. ¡Engendro también! ¡Engendro! —Apretá el tercero, que nos quedamos. Y crugía el ascensor junto al profesor de latín ro¬ deado de ellas y yo entre ellas: “la pituca, la niña bien, la de los modelitos” y el raquítico, invertido Santiago con su impermeable azul y lentes negros, investigando su árbol genealógico alrededor del profesor de latín, el que había sido cura, el pornográfico profesor de latín encerrado en el ascensor, que después de rugir su roña amontonada, arrancaba como una carreta ti¬ rada por la impotencia de bueyes resentidos y con un brusco y sorpresivo golpe que revolvía las entrañas de todos, paraba vencido, muerto en el tercero, para que el profesor de historia del arte, el divo, el de las mu¬ chachas de tacos altos y pintura en los ojos, el que marcaba la moda cultural dentro de una sociedad anal¬ fabeta —porque tú sos esa sociedad analfabeta “que desayuna en la cama y anda a caballo por la playa y lleva una raqueta debajo del brazo y sale en Sociales en un “Hemos Visto” de jóvenes elegantes —como es¬ cribiría uno de los resentidos e improvisados críticos del momento—, entrara también junto a Santiago el marica y al ex cura pornográfico y a nosotras "diáfa¬ nas, inútiles, moscas pedantes, moscas fracasadas, ratas de albañal” como nos gritaban los alumnos del Insti¬ tuto de Profesores Artigas. De nuevo con Artigas. Arti¬ gas a caballo en la plaza. Artigas en las monedas. Ar¬ tigas en los sellos. Artigas. Artigas. ¡Joder con Artigas! Entonces sí, en la pieza de Olascoaga, con olor a amor rancio, encerrado, amor de prostitutas, teníamos que hablar de literatura, de arte y de política. —¡No, no, basta de blancos y colorados, de mitos y leyendas! ¡La gran figura de Pepe Batlle! ¡Está empol¬ vada, caduca, cayéndose de a poco igual que un cuer¬ po sin carne! ¡Calavera, huesos que apenas harán ruido 13 al desplomarse! —gritaba Alvaro, biznieto de un solda¬ do blanco del interior, en aquella época que el pueblo, junto a Oribe y un grupo de familias patricias apegadas a la tierra, se habían opuesto al dominio de los fran¬ ceses y los ingleses instalados con sus bases y subven¬ ciones en Montevideo. —Sí, la gran obra de Batlle, convertir al Uruguay en “La Suiza de América”, ablandar al país, separarlo de sus raíces. —Es cierto —decía Mariano, que a pesar de haber nacido en Grecia estaba incorporado a nuestro mun¬ dillo político igual que uno de los nuestros— Batlle le dio al Uruguay lo que el Uruguay no pedía ni nece¬ sitaba, pero. . . ¿hizo algo por despertar a los hombres de un letargo antinacional que fue volviéndolos cada vez más irresponsables frente a su patria? No. Él los puso a la vanguardia de un liberalismo aburguesado, donde la lucha, la conquista y la recuperación no contaban; él los puso a la vanguardia de una vida cómoda, burocrática y fácil; inventó la política del empleo público, la jubilación, la casa propia y rebasó los límites. —¿Y los blancos? ¿Qué hicieron los blancos? Peor que los colorados porque no hicieron absolutamente nada, asimilando todos los vicios del batllismo. —¿Qué iban hacer si nunca pudieron estar en el poder? —replicó Lucrecia, cuyo padre era una figura de importancia en la U. B. D. —Vamos Lucrecia, lo que pasa es que los blancos son los tuyos. —¿Qué míos? ¡No sabés todavía cual es mi verdade¬ ra posición! —¿Acaso la Aristocracia o como quieras llamarla, porque indudablemente en el Uruguay no hay ni ha habido aristocracia, no pertenece casi toda al partido blanco? Y tú, quieras o no. . . —¿Y la gente del campo —el pueblo del interior¬ es también la aristocracia? Y esa gente ¿no es en su mayoría blanca? —Bueno, junto con los señores estancieros votan sus 14 peones, que como seres ignorantes no saben nada y votan como corderos de la majada. —No sé para que discuten sobre blancos y colora¬ dos, porque la verdad es que hoy en día son exacta¬ mente iguales. Las mismas estructuras caducas que hace tiempo demuestran que no sirven y que sólo po¬ drán terminar con una revolución, sí, |una gran re- voluciónl —|Síl jSí! |A la revoluciónl ¡Concluir de una vez por todas con estos partidos de lemas que son parti¬ dos de reparto! ¡A la revoluciónl El único que se burlaba eras tú. Tú que habías sido comunista y hoy me tenías a mí tan cerca de tu mano, justamente a mí, la primera que tendrían que fusilar en una revolución, por principios de cas¬ ta, de condición social. Aunque por conducta fuese más lógico fusilar a Rosario la actriz del Galpón; Rosario, la estanciera comunista que también usaba sirvientas a las que le regateaba miserablemente el sueldo, controlando el frasco de dulce y el paquete de manteca. —Y ahora mismo viene conmigo al fondo y desentie¬ rra la basura de la arena. El jamón no tiene patitas a no ser que lo haya tirado distraída, pero en el tra¬ bajo no hay distracción posible. Para eso le pago. Y la infeliz mujer madura, casi vieja, con hijos, nietos, pálida y flaca como los pinos de la costa que se quiebran a la primera ráfaga de viento, revolvien¬ do con un palo la basura, tragándose la humillación, el odio a bocanadas, el deseo ciego de aplastar de un golpe, sin piedad, a esa mujer histérica que le revuelve el alma, las visceras, esa mujer comunista, orgullosa de pregonarlo, usarlo como un vestido nue¬ vo para tapar la mugre amontonada que se nutre de su piel y de su corazón y de su sonrisa. Pero Lucrecia era "la niña bien, la pituca, la de los modelitos” invadiendo una jurisdicción que no le pertenecía. Lo que no sabías, Pablo; lo que ninguno de nos¬ otros sabíamos y aún no sabemos, era que ni tú ni yo 15 ni nadie de los de la pieza de Olascoaga, ninguno ¿entendés? ninguno haría alguna vez una revolución. Ignoramos lo que es el coraje, el jugarse la vida. Todavía conservamos espíritu de colonia y es demasia¬ do fácil creernos sin tradición aunque no sea cierto. Y nuestra intensa lucha no pasa del insulto periodístico escrito cómodamente desde nuestra casa, los caricatu¬ rescos desafíos a duelos nunca realizados o el pataleo histérico en huelgas renovadas como los pagarés, para dejar cada cuatro años, cuatro años justos y exactos, nuestro voto en las urnas, nuestro voto inservible y estéril. 16 III "El Vasco” a esa hora estaba lleno de adolescen¬ tes afeminados que salían de clase de arte dramᬠtico y de resignadas muchachitas con aspiraciones de actrices. Todavía era temprano para ir a lo de Olascoaga, aunque estar allí, esperando que llegara la noche, me deprimía. Quizá fuesen hasta buenos, pero... —Lo que pasa es que se creen grandes personajes porque han masticado tres o cuatro libretos de apuro y se los han tragado sin digerirlos. ] Estúpidos, si pu¬ dieran verse, pálidos, barbudos, con una indecente mugre superficial, de piel afuera, manos lánguidas... Y ellas de ojos pintados, pelos largos y lacios, sueters negros y libros y estúpidos, sofisticados, falsosl —Si pudiéramos vernos —replicaba Pablo solo por fastidiarme, porque hacía tiempo que a Pablo le gus¬ taba fastidiarme. Tal vez fuese su reacción frente a este amor que él creía ilegal desde un extraño e in¬ explicable punto de vista que nunca comprendí. —¡Sí, su egoísmo, su monstruoso egoísmo! —diría años después Alejandro. Lo gritaría aquella noche te¬ rrible en que por primera vez jugamos con la verdad. Porque Pablo se negaba a integrarme a su vida definitivamente; su vida de bohemio sin ataduras, su vida de "que como hoy todos los días” su vida de “dónde estaré mañana” su vida también desubicada, porque tú, Pablo, que siempre te jactaste de saber lo 17 que querías, a donde llegar, por qué camino, igual que yo, igual que todos... No. Todos no. Alguno supo lo que quiso. Como Mariano, detrás de sus es¬ culturas, seguro de sus espacios y sus volúmenes. Pero Mariano está muerto. Y Manolo, que a pesar de Igna¬ cio y lo demás, va dejando como quien planta bos¬ ques, como quien edifica sobre el tiempo, sus cua¬ dros, sus pinturas, su sangre en ellos, su alma, su des¬ tino. Y como Humberto, con el alcohol, la mugre, la angustia congénita, la miseria, el infierno permanen¬ te detrás de la botella de caña asquerosa, de marine¬ ros borrachos y mujeres vencidas, sí, a pesar de él mismo, dejándonos su testamento —su vida diría yo— esas pequeñas, hermosas y grandes cosas que son la vida. Y nos la deja escrita en hojas y hojas que a ve¬ ces llegan a ser libros que edita con el sudor de su vida, en forma de rompecabeza, de “flashes”, para que nosotros también hagamos algo y podamos ar¬ marla con nuestra propia vida y vernos en ella y conocernos y odiarnos y amarnos en ella. Porque eso es lo que Humberto hace cuando nos cuenta lo del negro y la niña o lo de los caballos al volver las no¬ ches de luna a lo de Montero o lo de los pájaros que construían los nidos sobre la tierra o lo de los trenes sin luces ni destino. Todo eso es Humberto, porque tú y yo y casi todos los de esta línea y aquella, este alam¬ brado y el otro, el que tiene púas y el de siete hilos, del que yo vengo, del que me echás en cara días y noches, como si uno pudiera elegir el vientre en que estaremos esos nueve meses tan importantes, trascenden¬ tales, como si uno pudiera... y tú tampoco Pablo, tú tampoco elegiste ni te dejaron ni te dejan hacerlo. Por¬ que aquí estamos casi todos cargándole la culpa a alguien ya que es la única forma de aliviarnos. —Si pudiéramos vernos —me repetía, pero ya en otra forma—. A veces no pienso sobre el escenario de un gran circo. Allá en Fraile Muerto, al final de la estación, cuando la vía se terminaba, había un cam- pito donde jugábamos al fútbol y remontábamos co¬ metas. Una vez al año, el circo Sarrasani se instalaba IS con su carpa gigantesca, rodeada de jaulas y camio¬ nes donde vivían hombres y fieras. Sabíamos que a Faraón no podíamos soltarlo de su cadena, porque al amanecer, cuando aún el pueblo dormía, la troupe de enanos y payasos recorría las calles solitarias en busca de los perros que andaban revolviendo los tachos de basura, para llevárselos a los leones. Sí, Lucrecia, un gran circo, aunque quizá nos pienses mejor en un teatro, pero un teatro es demasiado importante, lleno de trucos, público selecto, bambalinas y telones. Por supuesto Olascoaga podría ser el animador: “animateur” como diría tu amiga Verónica contem¬ plándonos desde la platea con su distinguida negli¬ gencia, de cuna. Olascoaga con su frac de papel y su clavel rojo en el ojal, hablando, siempre hablando, mucho, sin sentido, sin comprender él mismo sus pa¬ labras, impulsando al aplauso, hasta escuchar los gri¬ tos de gallinero: “¡piojoso! ¡atorrante!” y los mucha¬ chos tirándole verdura podrida y Olascoaga saludan¬ do a la platea con su elegancia improvisada de frac de papel y de clavel rojo en el ojal. Laura: otra vez Laura con su modestia de mantel blanco, inmaculado, donde se desborda el vino de su copa siempre llena. Su modestia de mantel blanco con manchas de vino tinto, de vino agrio como su dolor, sus complejos, su soledad no deseada, como su fracaso para todo en esta vida perra. Laura la trapecista arries¬ gando la vida a diario y porque sí, sin importarle un bledo de Dios pero encomendándose a Él, porque des¬ de los seis a los dieciseis años vivió en su casa, la casa de Dios, con las monjitas alrededor como moscas pegajosas y con las otras, las monstruosas abejas con su reina madre alrededor, picándole los ojos, bebién- dole la savia en la casa de Dios, encomendándose a Él todos los días al subir al trapecio con su avemaria acostumbrada, sin importarle lo de arriba ni lo de abajo, para terminar llorando con un dulce consuelo de vino tinto, agrio, rancio, que se vuelca sobre el mantel de su modestia, sobre aquel mantel de la in¬ fancia que a veces la cubre como un manto de pro- 19 tección. Pero el vino traspasa la tela y la empapa y la arruga y la deja tendida sobre el sueño, el sueño de Laura, la trapecista, la que camina por la vida y por la muerte con un mantel blanco sobre la cabeza. Manolo y Ana María: esa risueña y porqué no feliz pareja que trasmite su sonrisa, mientras baila detrás de aquella luz, como si fuese la luz del astro más le¬ jano brillando en el escenario de un circo, un circo como todos los circos, con esa alegría en la que siem¬ pre alguien llora, en la que siempre hay una víctima. Y Manolo «rayéndola de la mano, detrás de los velos donde apenas podemos percibir un rostro que acepta todo con un cansancio hondo, sencillo, como si las miserias fueran su desayuno cotidiano. Y ella confian¬ do en él. Ella, ella, mujer y madre de oscuras y grue¬ sas medias de lana, zapatos chatos, pollera angosta, rompeviento y bufanda, con su corta melena sedosa —rubia mancha de miel— en medio del escenario don¬ de los dos saludan ausentes, ausentes pero clavados en esta tierra, este país, este sitio que Manolo sabe suyo desde el primer grano de arena hasta el último vesti¬ gio de viento; corazones que no conocen el destierro ni el desamor, corazones que los años no han debili¬ tado, cada día más fuertes, llenos de paz, amontonan¬ do como en las plazas se amontonan las hojas del otoño, renunciamientos, pesares y sin embargo, qui¬ zá los únicos seguros frente a un camino que hoy los hace bailar, no en la penumbra rancia en la que nos¬ otros bailamos y nos retorcemos, sino en la luz, aque¬ lla luz del astro más lejano brillando sobre el esce¬ nario de un circo- Mariano: el más antiguo y tal vez el más joven, con sus largas y mágicas manos dominando los hilos intangibles de las marionetas y su música, la que gira alrededor de un mundo inaccesible y sin embargo abierto para todos. Música de Mariano repicando en el vacío, flotando entre un público que absorto con¬ templa muñecos muertos que de improviso cobran vida, se iluminan, palpitan, tiemblan, descubren la esperanza, el dolor, el amor de Mariano, titiritero cons- 20 truyendo él mismo sus muñecos, dándoles vida, sueños, acostándolos en un lecho de hojas frescas cuando en¬ vejecen agotados de vivir suspendidos de un hilo in¬ visible predestinado a quebrarse de un grito, un gesto brusco. Entonces Mariano entrecierra sus ojos oscu¬ ros, hondos y tranquilos, logrando el olvido. Aunque en la paz de su mirada, de su alma y hasta de su cuerpo, se agita como un pájaro enfermo el llanto re¬ primido de su corazón, porque sabe —hace tiempo lo sabe—, que esta vida que él ama con una honestidad que lo salva de todo, no basta para sus muñecos que mueren de tristeza, fijos, inamovibles como Laura, Alvaro, Olascoaga, Manolo, como todos nosotros, aun¬ que el público nos crea vivos, porque si estuviéramos muertos seríamos diferentes, más jóvenes, alegres, aje¬ nos al dolor de este circo donde noche a noche debe¬ mos de realizar una función impostergable. Alvaro: también aquí tenemos que acordarnos de Alvaro. El domador, el iracundo, renegando de todos menos de los inocentes. El malo, con la ternura para el tigre y para el pájaro; el que un día se va a ir de este país, de este país en broma que lo tiene harto; porque nadie puede negar que Alvaro enrojece de vergüenza y de furia cuando le dicen: “La Suiza de América”... "¡La mierda de América!” Sí, en bro¬ ma, pero caramba, molesta que uno tenga que defen¬ der la broma de este país, porque al fin y al cabo es el país de uno y aquí nacimos y aquí vivimos y aquí se morirán nuestros padres y nuestros hijos y nosotros sin que nunca haya pasado nada, porque en "La Suiza de América” nunca ha pasado nada, aun¬ que nos quéjemos las veinticuatro horas y no tén¬ ganlos donde trabajar ni que comer, pero el asadito no falta ni el mate ni los pancongrasa y aquí no ha pasado nada ¡carajo con la Suiza de Américal sí, hay que domar a las fieras: el tigre, el pájaro, la mariposa y el león. Alvaro, el domador en el circo de veinte pe¬ sos la platea, para que Verónica y Adriana, Gonzalo y Marcelo, todos bautizados a la moda, a la moda actual y distinguida. . . 21 —Pero ellos Pablo —le increpaba Lucrecia desespe¬ rada— ellos igual que tú, que todos, buscando cual¬ quier cosa en la vida sin encontrarla. —Después. .. después estarías tú. —Así, con esa dul¬ zura me perdonaba la vida poniéndome a su lado. —Si en el circo no existiera la muchacha inocente, la diáfana, la que baila sobre el pony de raza y tiene un caballo blanco de largas crines para galopar con¬ tra el viento; la que todas las noches de su vida cuan¬ do termina la función, luego de los plausos, llora un instante sobre la pintura de su rostro para poder al otro día repetir la función, Lucrecia no tendría sitio en el elenco. —¿Y a Pablo? —le pregunté al cabo de un rato—. ¿Dónde ubicás a Pablo? Sin alejar los ojos de la ventana por donde pasaba la gente de la calle, la diminuta gente de la calle Bacacay conocida de memoria, siguió hablando en tono melancólico, indiferente, que como una cons¬ tante amenaza me estremecía. —Ni un instante he olvidado a Pablo —continuó—. Pablo el payaso, el equilibrista, el mago, secándote las lágrimas por detrás del espejo porque afuera llue¬ ve como tu llanto que un día cualquiera no podré secar más, entonces de ti nacerá un río frío, largo y tortuoso que nos irá separando... ¡Así te quería Pablo! ¡Así te quería! ¡Cuando me hacías sollozar un romanticismo empalagoso y tier¬ no! ¡Cuando dejando de lado tu frialdad te volvías nostálgico y dulzón! Pero en el circo, en ese circo encabezado por Olas- coaga, sistemáticamente, como siempre lo habías he¬ cho y lo seguías haciendo, cual si tuvieras una clara visión de nuestras vida, no hablabas de Alejandro, que aunque no fuese uno de los nuestros, era un factor demasiado importante en el engranaje para elimi¬ narlo. Y aún era temprano para ir a lo de Olascoaga por¬ que ahora que era pintor su modelo se quedaba has¬ ta la noche. 72 —¡Olascoaga pintorl ¡Lo que faltaba! —Tiene derecho —decía Pablo. —Derecho, derecho, no sé a lo que tú decís tener derecho. ¿Vas a negar que es un snob estúpido, que le importa tres pitos la pintura, que si no fuese por Gilberto que tiene hambre y sabe pintar, Olascoa¬ ga no trazaba una línea, no embadurnaba una tela? Quisiera saber si esto lo hicieran mis amigos de Ca¬ rrasco, ¿qué dirías? —Decime Lucrecia, ¿no es también tu amigo? —Es mi amigo, sí, aunque por eso no me ciego. ¿Cómo podés nada menos que tú defenderlo como pintor? —Que no me importe lo que haga ni me interese su vida privada no quiere decir que lo defienda como pintor. —Olascoaga haciendo sus macacadas. Olascoaga en primera fila de historia del arte. Olascoaga en las clases de análisis y composición (porque al fin y al cabo al viejo basta escucharlo, es como estar leyén¬ dolo, tal vez mejor; si a alguien se le ocurriera ir apuntando lo que dice —cosa que por supuesto él mismo ni sabe— reuniríamos lo mejor de su obra, esa que tanto anuncia y no publica. Yo no sé —me de¬ cía un famoso escritor europeo, un erudito, cuyo pro¬ blema más grande era la falta de tiempo— aquí en el Uruguay, lugar indiscutiblemente culto como es Mon¬ tevideo, que asimila todas las corrientes actuales, pasa un curioso fenómeno: los escritores de talento, de ge¬ nio (salvo excepciones) publican algunos libros y de pronto, en plena producción, cuando esperamos su gran orra, se anulan entre copas, charlas de café o aislamientos extraños, reeditan sus obras, se secan y no dan más, pero siguen llamándose escritores a la sombra de pasados éxitos. Y con los periodistas, los críticos, la gente de teatro, sucede otro tanto; luego de años de intensa y seria labor, cuando han logrado un nombre, un prestigio, su vocación les queda chica y tienen que declararse escritores, poetas, autores tea¬ trales, como si la creación fuese algo adquirióle con 23 un vasto conocimiento del oficio, ansias de ser leído no en revistas o diarios, ver su nombre en la carᬠtula de un libro aunque el libro no valga nada; Entonces desaparece el severo rigor del crítico frente a esa obra menor que él mismo destrozaría desde sus páginas periodísticas; si no fuese sangre de su sangre y cegado se titulase escritor o poeta. Curioso, sí, cu¬ rioso) pero Olascoaga pintor... —¿Qué nos importa lo que haga Olascoaga? Allá él. Y vamos ahora mismo aunque sea temprano y encon¬ tremos a su modelo. Mejor. Casi todas las modelos son buenas y lindas muchachas. Me opuse. Indiscutiblemente eran celos, complejos ocultos, resentimientos, temores. Porque Pablo tam¬ bién había tenido sus modelos y sus amores turbios, extraños, cuando siendo apenas un jovenzuelo había dejado su hogar en el departamento de Cerro Largo, en Fraile Muerto, su hogar modesto, con una madre llena de hijos trabajando de sol a sol en la costura, detrás de la máquina de coser de ruido incesante, de latido intermitente y sordo, para mantenerlos digna¬ mente, mientras ese hombre de anchas espaldas y tos- tro colorado, ojos que nunca miraron de frente a pe¬ sar de ser azules y fríos, ese hombre que era su padre, vivía su vida de posible señor, entre partidas de bi¬ llar, copas y mujerzuelas que Pablo conocía de me¬ moria, temiéndoles, cuando aún siendo niño pasaba junto a ellas que descubrían en sus ojos también azules, el desprecio, el asco, el miedo, entonces le gritaban pa¬ labrotas y él odiándolas, odiándolos por no poder hacerlas callar ni enfrentarlo a él y pedirle cuentas. Llorando se iba a un terreno baldío, muy cerca de la escuela, donde crecían las matas, las ortigas y un gran ombú con su nido de hornero y tijeretas. Y aque¬ llos charcos que se formaban con la lluvia, donde Pa¬ blo sentado en el suelo tiraba piedras haciendo za¬ pitos y contando con las manos, afanosamente, los años que aún faltaban para irse de ese maldito pueblo. Cerraba los ojos escuchando el silencio de su alma y no sabía si le odiaba o si le temía como a 24 su hogar, como a su vida, donde se mezclaban res¬ ponsabilidades y abandonos. Mudo testigo de la dignidad de esa mujer joven, hermosa, pero agotada, zurciendo, entregando vestidos, ahogando su sollozo en el ruido incesante de la máquina, protegiendo a sus hijos y a su marido a quienes amaba por encima de todo. Y Pablo soñándole otro destino, cuando los domingos iban juntos a escuchar la banda de mú¬ sica en la plaza, no viendo el momento de irse a Montevideo a estudiar, abrirse camino y mientras tan¬ to pintando encerrado en el altillo entre retazos y alfileres para que nadie lo viera y menos ese hombre que se reía de sus sueños. "Sus caprichos de marica”. —Porque sos un mariquita, el único varón y un ma¬ riquita— y reía, reía con el mismo ronquido su¬ cio y sordo de la máquina de coser, que por suerte conseguía tapar la risa que me volvía loco, enfurecién¬ dome como a un animal enfermo, porque no tenía fuer¬ za ni coraje para matarlo allí, delante de mi madre, de mis cuadros, de la máquina sonando siempre, día y noche. Y después leyendo, devorando los libros —el único que agotó la pequeña y pobre biblioteca del Club Olímpico donada por el doctor Bonifacio al morirse—, queriendo salir del pozo oscuro, lleno de víboras que picaban los ojos, la boca, las manos, el corazón de ese muchacho bohemio y enfermizo, de nelos rubios y ojos azules, lánguido como un mode¬ lo del Greco. —¡Qué cosas se te ocurren Lucrecia! —le diría aver¬ gonzado, cuando ella le preguntaba si allá en su pueblo, las jóvenes se habían enamorado todas de él. Y al final, después de tremendos incidentes entre padre y madre, vino a la ciudad a comenzar los estu¬ dios de arquitecto. Trabajó y aún trabaja de dibu¬ jante ganando lo suficiente para vivir con decencia y enviar mes a mes algunos pesos, ropa, alimen¬ tos.. . Pero ya no porque todo se ha acabado. Como los terremotos que arrasan pueblos, como las tempestades que desvastan ciudades y hogares y hombres, hoy nada o casi nada le queda a Pablo. Los 25 un vasto conocimiento del oficio, ansias de ser leído no en revistas o diarios, ver su nombre en la carᬠtula de un libro aunque el libro no valga nada; Entonces desaparece el severo rigor del crítico frente a esa obra menor que él mismo destrozaría desde sus páginas periodísticas; si no fuese sangre de su sangre y cegado se titulase escritor o poeta. Curioso, sí, cu¬ rioso) pero Olascoaga pintor.. . —¿Qué nos importa lo que haga Olascoaga? Allá él. Y vamos ahora mismo aunque sea temprano y encon¬ tremos a su modelo. Mejor. Casi todas las modelos son buenas y lindas muchachas. Me opuse. Indiscutiblemente eran celos, complejos ocultos, resentimientos, temores. Porque Pablo tam¬ bién había tenido sus modelos y sus amores turbios, extraños, cuando siendo apenas un jovenzuelo había dejado su hogar en el departamento de Cerro Largo, en Fraile Muerto, su hogar modesto, con una madre llena de hijos trabajando de sol a sol en la costura, detrás de la máquina de coser de ruido incesante, de latido intermitente y sordo, para mantenerlos digna¬ mente, mientras ese hombre de anchas espaldas y ros¬ tro colorado, ojos que nunca miraron de frente a pe¬ sar de ser azules y fríos, ese hombre que era su padre, vivía su vida de posible señor, entre partidas de bi¬ llar, copas y mujerzuelas que Pablo conocía de me¬ moria, temiéndoles, cuando aún siendo niño pasaba junto a ellas que descubrían en sus ojos también azules, el desprecio, el asco, el miedo, entonces le gritaban pa¬ labrotas y él odiándolas, odiándolos por no poder hacerlas callar ni enfrentarlo a él y pedirle cuentas. Llorando se iba a un terreno baldío, muy cerca de la escuela, donde crecían las matas, las ortigas y un gran ombú con su nido de hornero y tijeretas. Y aque¬ llos charcos que se formaban con la lluvia, donde Pa¬ blo sentado en el suelo tiraba piedras haciendo za¬ pitos y contando con las manos, afanosamente, los años que aún faltaban para irse de ese maldito pueblo. Cerraba los ojos escuchando el silencio de su alma y no sabía si le odiaba o si le temía como a 24 su hogar, como a su vida, donde se mezclaban res¬ ponsabilidades y abandonos. Mudo testigo de la dignidad de esa mujer joven, hermosa, pero agotada, zurciendo, entregando vestidos, ahogando su sollozo en el ruido incesante de la máquina, protegiendo a sus hijos y a su marido a quienes amaba por encima de todo. Y Pablo soñándole otro destino, cuando los domingos iban juntos a escuchar la banda de mú¬ sica en la plaza, no viendo el momento de irse a Montevideo a estudiar, abrirse camino y mientras tan¬ to pintando encerrado en el altillo entre retazos y alfileres para que nadie lo viera y menos ese hombre que se reía de sus sueños. “Sus caprichos de marica”. —Porque sos un mariquita, el único varón y un ma¬ riquita— y reía, reía con el mismo ronquido su¬ cio y sordo de la máquina de coser, que por suerte conseguía tapar la risa que me volvía loco, enfurecién¬ dome como a un animal enfermo, porque no tenía fuer¬ za ni coraje para matarlo allí, delante de mi madre, de mis cuadros, de la máquina sonando siempre, día y noche. Y después leyendo, devorando los libros —el único que agotó la pequeña y pobre biblioteca del Club Olímpico donada por el doctor Bonifacio al morirse—, queriendo salir del pozo oscuro, lleno de víboras que picaban los ojos, la boca, las manos, el corazón de ese muchacho bohemio y enfermizo, de oelos rubios y ojos azules, lánguido como un mode¬ lo del Greco. — ¡Qué cosas se te ocurren Lucrecia! —le diría aver¬ gonzado, cuando ella le preguntaba si allá en su pueblo, las jóvenes se habían enamorado todas de él. Y al final, después de tremendos incidentes entre padre y madre, vino a la ciudad a comenzar los estu¬ dios de arquitecto. Trabajó y aún trabaja de dibu¬ jante ganando lo suficiente para vivir con decencia y enviar mes a mes algunos pesos, ropa, alimen¬ tos ... Pero ya no porque todo se ha acabado. Como los terremotos que arrasan pueblos, como las tempestades que desvastan ciudades y hogares y hombres, hoy nada o casi nada le queda a Pablo. Los 25 hermanos repartidos por diferentes familias y un mon¬ tón de escombros que más vale no mirar, cerrar los ojos, dar vuelta la cabeza y huir sin saber cómo ni a dónde. Los escombros de aquella casa rosada y vieja, que el padre en una noche de feroz borrache¬ ra incendió totalmente muriendo dentro de ella, junto a su mujer que trató de salvarlo —como siempre sal¬ varlo— pero no pudo. Entonces, al poco tiempo, en la vida de Pablo —vida extraña y dolorosa—, apare¬ ció Lucrecia Villegas, joven de la alta sociedad monte- videana, luchando contra la corriente de la vida fᬠcil, ansiosa de otros horizontes, desconforme con el medio, perdida en una soledad tremenda, desarraiga¬ da del alma y del cuerpo, insatisfecha de lo cotidia¬ no, buscando también salidas donde no existían, pelean¬ do contra deformados molinos de viento y sin embargo, definitivamente entregada al medio ineludible. Pablo había seguido viviendo solo y acompañado por diferentes sitios. En pensiones, talleres, casas de fa¬ milia, colocando su sueño, —lo demás estaba perdi¬ do— en sitios lejanos y sin vuelta: París, Roma, Madrid. Comenzar una vida nueva. Desligarse de todo. Y la carrera cada vez más lenta, exponiendo de cuan¬ do en cuando sus cuadros, no sé si buenos, malos, pero honestos, de años de trabajo; ganando premios medio¬ cres en los salones; abriéndose camino en una genera¬ ción rebelde y desorientada, asimilando algo de las nuevas corrientes y maestros, sin llegar a encontrarse, a ser un genio, un nombre famoso. No había tiem¬ po. Compartiendo la angustia de una búsqueda lenta y tenaz con otros jóvenes que también hacían algo que¬ riéndolo hacer en serio sin lograr lo que deseaban. Y Lucrecia Villegas entre ellos, buscando un sitio aunque fuese pequeño y oscuro, pero un sitio entre ellos, jun¬ to a él. Porque sin darme cuenta (—darnos cuenta diría yo—, pues si Pablo hubiese presentido en que desenca¬ denaría esa amistad, intimidad, sentirnos cerca aun¬ que estuviésemos a una distancia remota, ese necesi¬ tarnos que dio comienzo a una relación perfecta y mal hecha, esta contradicción que han sido nuestras 26 vidas diferentes e iguales, porque lo que tú no has visto, no has descubierto todavía, es que cuando nos buscábamos con la ansiedad de los abandonados —los perdido en esta jungla que te atrapa al nacer—, era porque estábamos totalmente desubicados, luchando por las mismas cosas con diferentes herramientas—) estaba elaborando mi propia destrucción. Queríamos demasiado y no sabíamos precisar qué. Mis modestos dibujos y pinturas, mis mediocres cerámicas y la cons¬ tante inseguridad a tu lado, al que sentía fuerte, ava¬ sallador e imposible. Y ese "diminuto gran mundo mío" siempre oculto en los medios donde mi vida crecía turbulenta y extraña. —En tu mano hay marcada una doble vida —diría en aquella kermese del Tajamar, a la tjue fui con Alejandro, una gitana sofisticada, porque él, ansio¬ so, me hizo leer las manos —la derecha, la izquierda- para luego turbarse y pelearme. —¡Soy dueña de mi vida y de tener dos y tres y cuatro si se me antoja! Pero en el mundo de mi infancia la gente era muda, ciega, sorda de nacimiento, mientras que en el otro —el de mi sueño— era distinto. Lo presentía como una fortaleza con murallas sin puertas; apenas una ven¬ tana por donde Pablo y yo nos mirábamos sin atre¬ vernos a saltarla. Hasta que un día la ventana se abrió y me diste la mano ayudándome a entrar, a instalarme en esa fortaleza llena de magia... |Y no cerraste la ventana; apenas la entornaste un corto tiem¬ po para mi vencido corazón, porque hoy Pablo, hoy que estamos tan lejos, me siento por primera vez en la vida agotada como esas playas, que azotadas du¬ rante la noche por un vendaval de viento y granizo, amanecen encendidas por una aurora apacible, me¬ lancólica, mientras las olas humedecen la orilla y sus gaviotas. —Locas baratas —contesté con ira. —No me enojes Lucrecia —replicó Pablo—, Quisie¬ ran muchas Patricias, Soledades y Mónicas, que por cierto no necesitan ser modelos, tener la misma cali- 27 dad humana que alguna de éstas. Pero no vas a com¬ prenderlo. —Sos tú Pablo, el que no comprende hasta donde rechazo a los resentidos. ¿Me vas a enseñar a mí, jus¬ tamente a mí, que la mala y la buena gente se en¬ cuentra en el puerto, en el golf, en las universidades y en los balnearios de moda? Pero te llevo una ven¬ taja: además de mi casta —como repetís para que lo sepa, lo sepa bien— conozco la tuya. Nunca me he negado a conocer lo que no es mío; y es terrible que por un lado, día y noche te repitan que venís de un mundo diferente y que es absurdo querer entrar en el oue sentís justo, verdadero, donde quizá descubras la felicidad, y que por el otro te dejen vivir, sí, como a un extraño ejemplar, un pingüino en el trópico, una mata silvestre en un jardín cultivado, donde cada planta tiene su razón de haber nacido: “Lucrecia la bohemia, la intelectual, la loca, una bala perdida”. Hay veces que tengo ganas de reventar, de tirarme en la zanja y hundirme hasta no ver más la luz del día, hasta no sentir más, hasta morir sola en la zanja! Pablo me miraba. Me miraba con los ojos de aden¬ tro y no con los azules, tal vez con lástima, arrepen¬ timiento o impotencia y me acariciaba como a una niña perdida en el bosque, aunque me siguiera hun¬ diendo en la zanja. —Vivo pensando —decía— que hay entre nosotros y que voy a hacer contigo y conmigo cuando llegue la hora de hacer algo, entonces... entonces tal vez solo quede tu zanja que podría ser la mía, porque te quie¬ ro y tengo que dejar de quererte ya que todo es in¬ útil y nos estamos destruyendo. Todo era tan fácil Pablo. . . todo era tan fácil y tú lo volviste tan difícil hasta que conseguiste des¬ truirlo. ¿Pero será cierto? ¿estará todo destruido? ¿acaso lo sabes tú? ¿lo sé yo? 28 IV La pieza tenía un balcón de rejas retorcidas como su mente y estaba frente al muelle del puerto. Es cierto que Olascoaga tenía sus cosas notables. A pesar de ser un atorrante, piojoso, barbudo, inservible Olas¬ coaga, adoraba a los niños del conventillo y a las ga¬ llinas con sus pollitos, pintando de todos colores las latas de aceite para los malvones de la vieja y si jun¬ taba unos pesos le pagaba la comida a la Morocha, que trabajaba noche y día para los lujos del Flaco Candilas, un expectro huesudo, degenerado, lleno de roña y de odio —un tipo peligroso—, como decían los muchachos. A veces, en el silencio de la noche, encerrados en la pieza tomando café y ginebra que traía un con¬ trabandista amigo de Alvaro y escuchando en silencio Cármina Burana, sentíamos gritos soeces y gemidos y peleas de mujeres entremezcladas con voces de ma¬ rineros borrachos, descubriendo un hambre clandes¬ tina, con amores equívocos y contrabandos y cárceles. —Nunca podrás entenderlo Princesa^ porque vos mirás esto como si fuera cine, una película de Buñuel —decía Alvaro, mientras Pablo me acariciaba pasivamente. Entonces pensaba que el acariciarme era una costumbre, como todo lo que hacía en su vida. —Soy un hombre de paz —decía—. No quiero líos ni complicaciones. Que me dejen trabajar y basta. Pero la gente no comprende ni le alcanza lo que su- 29 cede de imprevisto, a cada instante, sin buscarlo. Al¬ varo estaba equivocado. Yo todo lo miraba con los ojos del alma, los ojos de la sangre, ojos ocultos fue¬ ra o dentro del cuerpo, múltiple de ojos que descu¬ brían un mundo colérico, violento y cruel: el mundo de los odios, el de los muertos vivos, enterrados en su piel, en su propia condición humana; el de las maldiciones por encima de la sangre; el de los ren¬ cores por causas lacerantes como espinas en carne viva, en llagas putrefactas; ese mundo que a tantos nos ha estado vedado; el que mis padres ignoraron, el que mi clase desconoce; ese mundo maldito que fue abriendo una grieta en mi vida sin apremios de inservi¬ ble burguesa... ¿Qué han hecho? ¿Qué hemos he¬ cho? ¿Qué haremos también ahora desde esta habita¬ ción, desde este sitio, desde esta ventana situada fren¬ te a la vida? Y me reía, me reía al no tener otra for¬ ma de ocultar mi vergüenza, mi desconsuelo, mi com¬ plejo de parásito. “La pituca, la niña bien, la de los modelitos”. Nunca ¿comprendés? nunca podrás llegar tu tampoco a mi soledad, soledad que has completa¬ do al descubrirme un mundo que acabó con mi paz. Y esta ventana entornada, donde perros hambrientos destrozaron mis ilusiones, mis sueños. Quizá por eso, por Olascoaga, por nuestra pieza —nuestro mundito—, por la muerte de Ignacio aunque apenas tenía quince días y no llegó a conocer el sol ni la lluvia, solo el vientre escuálido de Ana María que durante siete lar¬ gos y escasos meses lo alimentó con su amorosa pobre¬ za y su raquítica ternura. Y esos quince días, con sus veinticuatro horas cada uno, con sus mil cuatrocientos minutos cada uno, den¬ tro de la caja de vidrio, lejos del mar a pesar de ha¬ ber nacido frente a él, porque Ignacio nació, nació como los niños de aquí, frente al mar, como los niños que aún lloran y ríen sobre la tierra, la tierra de Ignacio. Pero él solo tuvo la caja de vidrio y Ana María y Manolo pendientes de la caja de vidrio y des¬ pués: 30 —Mamá ¿me compras un vestido para el cocctail de Juanita? —Bueno. . . al fin y al cabo vas a tan pocas fiestas. .. Por que te da la gana. Invitaciones no te faltan. Cómpralo y que manden la cuenta al estudio. -No mami, no. Sabes que a papá todo le parece caro y en la boutique de la calle San José vi uno pre¬ cioso. Fírmame un cheque y le pongo la cifra, se buenita. —Está bien. Pero no pases de quinientos pesos y por favor que sea distinguido, sobrio. Alvaro había pedido por teléfono las tarifas. ¿Quién iba a imaginar que morirse pudiera ser un lujo? Lle¬ varlo a la casa estaba descartado a pesar de mi ves¬ tido. —Mamá, la semana que viene se casa de nuevo el profesor de historia del arte y le hacemos un regalo colectivo. —¿De nuevo? ¿Que se casa de nuevo y ustedes le hacen un regalo? Cuando yo digo que esa facultad —como todas, hoy en día todas—, ha perdido la moral. —Pero mamá, se casa por la iglesia. —¿Y antes? —Antes estaba casado por civil. —Menos mal. Sí, te doy el dinero. Pero no alcanzó y tuvimos que velarlo en la coche¬ ría. No es nada. Está muerto. |Pero qué frío hacía en la cocheríaI Y había que chistar a los empleados que tomaban mate sentados sobre los coches de lujo fes¬ tejando sus horas de aburrimiento. Y el cajoncito de madera rajada y la camioneta que Pablo consiguió del suizo de los fankfurters. Creo que Pablo tampoco imaginó que pudieran suceder esas cosas entre nos¬ otros, los de la pieza de Olascoaga. Y Pablo manejando junto a Manolo que llevaba sobre sus rodillas de padre, el cajoncito. La madera pesaba, pero Manolo era un hombre fuerte para esos momentos, porque él había pasado muchos, largos mo¬ mentos, cuando era estudiante allá en Córdoba, du¬ rante la famosa huelga del cuarenta y seis y lo metie- 31 ron preso acusándolo de haber rapado a una mucha¬ cha rompe-huelgas, camera sí, rapada al cero. No era cierto. Había hecho huelga. Estaba contra Perón y nada más. Igual lo encerraron en el calabozo con otros dos estudiantes. Uno era judío y usaba len¬ tes. Se los rompieron de la primera trompada. Como casi no veía y al caminar tropezaba llevándose las co¬ sas por delante, los guardias le pusieron "cieguito de mierda". El calabozo medía setenta centímetros de ancho por tres metros cincuenta de largo y cuatro de altura. Durmió parado durante una semana y du¬ rante una semana le pegaron tres o cuatro horas dia¬ rias. ¿Qué iba a decirles si no sabía nada? Y aunque supiera, como el judío, hubiera callado. A las doce del día los largaban como ganado al patio para darles la comida: huesos y verduras her¬ vidas en una gran batea que volcaban sobre una in¬ mensa lona y a tirarse al hueso con carne, pero hablan muy pocos. Sí, tenía pasados muchos momentos, a veces largos momentos, pero ninguno como aquel de llevar el ca- joncito sobre las rodillas. Y Ana María con su bufan¬ da azul y su saco gris, dejándoles café con leche a los otros chicos por si tardaban, porque uno no sabe, ellos tampoco lo sabían, cuanto se puede tardar, cuan¬ to se demora en enterrar a un recién nacido en la tie¬ rra y dejarlo para siempre. Y Ana María con su saco gris y su bufanda azul, la que él le había regalado hacía tiempo, cuando lle¬ garon a pasar su luna de miel a la Floresta con tan¬ tas ilusiones, con las manos y los labios apretados mientras los ojos recorrían el paisaje agresivamente hermoso, el que atravesábamos con el auto de Silvia, que tampoco podía comprender algo de todo esto. Sí, aquello de Ana María detrás de la camioneta del suizo llevando a Manolo y al cajoncito y a Pablo, que nervioso, sin experiencia —porque cuando él lle¬ gó a Fraile Muerto sus padres estaban enterrados y lo único que hizo fue llorar un instante sobre un sepulcro ajeno— no había previsto que la nafta se 32 termina cuando el viaje es largo y que por allí no había ningún tanque de nafta y la camioneta que se detiene sin miramientos, sin compasión, sin pensar que Ma¬ nolo estaba con el cajoncito sobre las rodillas y Ana María detrás, en el otro auto, con la bufanda azul y el saco gris y eran las cinco de la tarde y el cementerio se cerraba a las cinco de la tarde y Pablo esperando que Silvia trajera nafta en una damajuana y Manolo con el cajoncito y Ana María con los ojos y las manos apretadas como si supiera rezar, como si alguna vez hubiera ido a un colegio de monjas y Dios pudiera conocerla. Yo tenía miedo. Tenía miedo de que todos estallᬠramos. Hacía rato escuchaba el llanto de un recién nacido. Tenía miedo por Ana María y Manolo y por Ignacio que estaba sobre sus rodillas y había un niño llorando dentro de alguna casa. Y por fin no se había cerrado el cementerio y Olas- coaga dándole propina a un viejo flaco y malo¬ liente que rezongaba por la hora y todos caminando detrás del cajoncito de madera hasta llegar al huerto de las cruces. Era un inmenso huerto con estacas cre¬ ciendo de la tierra. Crecían con un número para distinguirse unas de otras. Manolo leyó el número asig¬ nado. No quiso ayuda y él mismo depositó el cajoncito en el hoyo, mientras Ana María formaba con las ramas de un arbusto una cruz, atándola al número, el número de Ignacio. Sí, quizá por todo esto y mucho más, mucho más de lo que se puede escribir sobre un papel, mucho más de lo que cualquiera de nosotros podemos contar y desahogarnos y maldecirnos y... aquí no ha pasado nada, sólo un trayecto de vidas cotidianas porque la vida es esto y repetido en todas partes, en América, en Europa, en Asia, viviendo cada uno como puede, sa¬ liendo a flote derrotados, vencidos, triunfadores, sin vislumbrar el mañana. Sí, quizá por todo esto inconmensurable hoy estoy aquí, clavada en este sitio de la tierra, clavada con un martillo y cuatro clavos y dos velas permanentemente 33 encendidas y un cortejo sin muerto y un entierro sin muerto porque lo que nadie ha descubierto todavía —son cobardes, no se atreven—, es que todos los de la pieza de Olascoaga hoy estamos casi muertos, buscando un sitio sobre la tierra o sobre el cielo o el infierno — qué más da—, buscando el aire, el sitio, buscando inútilmente. 34 V Quizá nadie pueda comprender y menos yo, cómo esa misma noche, la de Ignacio, pude vestirme con el traje de jersey negro, la vincha verde y servirles la mesa a mis padres porque era martes: noche de bridge en lo de Villegas, el miércoles en lo de Sanguinetti, el jueves en lo de Folie y así todas las noches de la vida, vida llevada con orgullo, el orgullo del privilegio; vida con orejeras grandes y chatas como las del caballo del panadero, pero el caballo era manso, manejable y mudo. Recuerdo que precisamente era el cumpleaños de Felicitas, aún joven, con un marido mayor que mi padre, gordo, de lentes, que sudaba mucho y comía mucho y bebía mucho. Estaba peinándome en el baño que había debajo de la escalera cuando sentí el chis- tido. Ya nadie jugaba. Estaban todos en el comedor. Todos no. Al salir me detuve. Descubrí a Felicitas escondida detrás del gran jarrón de porcelana antigua. La tapaban las ramas de eucaliptus. Apenas tuve tiempo de volver a entrecerrar la puerta cuando apa¬ reció mi tío José, el padre de mis primos, casado con la hermana de mi madre, mi tío José, el que tan seve¬ ramente me había aconsejado infinidad de veces, “el austero tío José” y la tomó de la cintura. A través de las hojas pude ver cómo se manoseaban. Nada era nuevo para mí, pero verlo en mi casa, al tío José y Felicitas, directora del catecismo del Seminario, con 35 la que había tenido violentas discusiones sobre la reli¬ gión y la moral, ella, que vivía censurando la vida, la pobre y valerosa vida “de todos estos barbudos, amo¬ rales, lacra de nuestra sociedad. ¡Y vas a terminar ma¬ tando a tus padres que no tienen edad para esas cosas sucias!’’ y uno teniendo que morderse para no escu¬ pirla, escupirlos allí, frente al cerdo de su marido, frente a la imbécil de mi tía: —¡Chicas! ¡Chicas! ¡vengo del hospital Maciel y con¬ seguí algo increíble!: se estaba muriendo un tipo en la sala de Pepe y no había forma de darle los Santos Sacramentos. La familia no dejaba entrar a ningún sacerdote. Entonces —con permiso de Pepe, por su¬ puesto—, llevamos por la puerta de atrás, la de los boxes, a un padre... ¿a qué no adivinan?... ¡Sí, a ese! ¡no podía ser otro! Y a pesar de la familia le dimos la extramaunción. ¡Tenían que ver la cara de susto que puso el viejo! Lo hijos lloraban, la mujer también, aunque no nos dijeron ni pío. Como siempre, desagradecidos. El viejo no hablaba desde la noche. Dicen que estaba en coma. Pero el padre afirma que en el momento del santo sacramento le vio mover los labios claramente con una palabrota. ¡Qué gente y qué oficio el de sacerdote! Lidiar con estas cosas y que arriba te insulten! ¿Y José? ¿Dónde está José? —Fornicando con Felicitas —tuve ganas de gritarle fuerte, delante de todos—. Andá tía, llamá al cura para que les dé la absolución, que se confiesen juntos así ahorran tiempo y mañana pueden comulgar. No. Ma¬ ñana no. El domingo en la Catedral. Porque tío José, el austero, el justo, cumple, siempre cumple con Dios y con el diablo. Pero nada le dije. Pensé en Ignacio, en Ana María y en Manolo y me senté a comer junto a mis padres y sus amigos. Entonces sí, todos íbamos a lo de Olascoaga y allí reformábamos el mundo planeando uno nuevo. Pero yo... ¿qué hacía? ¿qué estamos haciendo los dos frente a una puerta que jamás se abrirá? Porque nuestros destinos se unen detrás de esta muralla de 36 ojos, de miseria, de lujuria, de amor. Y esta puerta sin llaves, trancada y sin cerrojos y nosotros afuera. Porque tus manos y las mías no sirven. Porque nuestra dimen¬ sión es diferente y nuestra ventura y nuestro dolor es diferente. Porque nuestro amor es diferente y jamás podremos entreabrir esa puerta que hoy nos hace caer como penitentes lacerados... ¿Y si dentro de un tiem¬ po prudencial nos suicidásemos? Aquí ya no tenemos sitio, te lo aseguro, ni sitio, ni aire, ni luz. Como náu¬ fragos prendidos con los dientes de un madero sin rumbo, muy lejos de la tierra, muy lejos de los hom¬ bres, muy lejos... —¡Lucrecia! ¡Lucrecia! —¡Oh mamá! ¡Estás aquí mamá! ¡Estoy aquí, en mi casa, en mis cosas que las toco, las tengo a mi lado, frente a una puerta que se abre ¡se cierral ¡se abre! ¡mamá! ¡mamá! VI —Esto apesta, sí, apesta. Podrido, como el estercolero. —Pero es un salón de moda y de prestigio. —¡Mirá los negritos disfrazados a la entrada! —¡Inocentes! —Apenas hace un mes de la primera exposición de Mariano. ¡Qué falta de respeto! La insensibilidad de nuestros viejos intelectuales es tan grave o más, mucho más, que la ignorancia del público, este ganado bien vestido que desfila hace una hora por el salón, donde tantos artistas han expuesto sus obras de días, años de trabajo. Por¬ que el arte no es improvisación. Es un largo sacrificio de entrega, tesón, renunciamientos y la mayor parte de las veces, decepciones, injusticias, intolerancia. Aunque al verdadero creador nada le importa. Sale del pozo, se hunde, vuelve a salir a pesar de la tierra que le echen encima. Siempre le queda un agujero, una rendija por donde entra la luz a raudales. Y si no le queda, lo hace con las uñas, los dientes, como pueda, como le dé la vida, el hambre, la miseria, sí, porque sólo le importa su obra, mala, buena, pero suya; y la protege, la alimenta, le da lo mejor de su ser y la sueña, mil veces la sueña, mil veces se despierta y la sigue soñando, se acuesta con ella y la ama con lo más profundo de su sentimiento de artista. Apenas a un mes de la de Mariano. Pero Mariano está muerto. Entonces, ni yo ni nadie podía imaginarlo. 39 Él, menos que nadie cuando me decía con esa fuerza vital a pesar de su palidez y su dulzura: —Me gusta estar contigo caminando de noche por esta playa silenciosa y blanca, sin ruidos, sin gritos, como si el mundo la hubiese olvidado. .. |y de pronto escucha tu voz, levantar los ojos y verte recortada en la contraluz del ocaso respirando a bocanadas el aire salobre y extendiendo mi mano hasta tu pelo, acariciar en ti a todas las criaturas de la tierra. Porque yo Lu¬ crecia, amoa los hombres, amo a la vida, esto tan maravilloso que es despertarse todas las mañanas... —Pero Mariano —le replicaba con envidia, mi¬ rándole sus manos agrietadas no sólo por su trabajo de escultor; su ropa gastada que demostraba privaciones y hasta miseria. —¿Es cierto que la vida te parece ma¬ ravillosa? —Sí Lucrecia —contestaba simplemente—. La vida es maravillosa a pesar de todo. Y Mariano está muerto. Muerto a los seis años de su primera exposición. Muerto cuando comenzaba a vivir. Iba a jugar al tenis con Danni. Lo esperaba en el club leyendo un diario: avisos de compra y venta, ob¬ jetos perdidos, servicio doméstico ofrecido. De golpe vi su nombre y su retrato. Me senté. En ese día resplan¬ deciente del verano algo se nubló. Sentí frío, náuseas. Volví a leer. La noche antes habíamos ido con los La- molle a la boite de Piriápolis que él había decorado. ¡Qué tipo Mariano! Cuando me casé, cuentan que fue el último en irse. Se quedó sentado en el sillón de pana verde. —Es un placer sentarse en un sillón de pana verde —me decía. Hasta que mi madre le preguntó con esa falta de disimulo cuando se trataba de mis amigos “los bar¬ budos” —pálido, afeitado y pulcro Mariano— si tenía sueño. Entonces se fue. Se fue saludando porque era fino y sensible. Pero Mariano estaba en el sillón de pana verde sin sueño, pensándome casada porque él me conocía y 40 conocía a mi madre cuando le preguntó si tenía sueño y a mis tíos y a mis primos y a mis amigos. Él, desde el fondo del sillón los conocía y ya tenía miedo, porque Mariano supo siempre —aunque nunca me lo dijo— que tú ibas a llegar hasta el fondo de mi vida para después abandonarme. Él supo más que yo y mucho más que todos, que Lucrecia se había casado con aquel traje blanco y el órgano estridente y una iglesia repleta y varios padri¬ nos, pero que Lucrecia no había abandonado ni un instante la pieza de Olascoaga; que aún seguía allí queriéndose imponer a gritos, desesperadamente, va¬ namente, con ternura, con llanto, con odio, en la zanja, siempre en la zanja! ¡Mariano! ¡Mariano! Y lo enterraron en la tierra que tanto amaba. Sí, en una fosa común y gene¬ rosa y grande como Mariano, como su obra, esa que expuso aquí, donde días después contemplamos madu¬ ros cachos de bananas y ramas de palmeras y negros hediondos repartiendo empanadas alrededor de las cerámicas del extranjero que tenía hambre, frío y sabía hacer cerámicas. —Esto apesta. Mirá al embajador de los Estados Uni¬ dos. .. y al de Inglaterra.. . y a la señora de García... —También, con sus millones. Te siguen profanando Mariano. —¿Qué te pasa Lucrecia? ¿Te sentís mal? —Danni le¬ vantó el diario que había caído al suelo—. Si querés te llevo a tu casa y jugamos otro día. —Sí, jugamos otro día. Mariano estaba muerto. Tendría que llamarte de in¬ mediato. Desde aquella noche memorable en la que me obligaste a tomar la decisión más grande de mi vida; en la que por primera vez mi orgullo, mi desconsuelo y mi frustración de mujer pudieron más que este inmenso amor, no había vuelto a verte. Pero hoy era distinto. Sólo tú podrías explicarme porqué se moría gente como Mariano y porqué nosotros seguíamos viviendo. Ten¬ dría que ir a Montevideo. Alejandro comprendería de inmediato ya que su alma era más grande que la tuya 41 y me amaba. ¿Te sorprendería mi llamado? Tal vez no. Quizá estuvieras esperándolo. Costara lo que costara debías de imaginar que yo iría. Después, cuando todo terminara —y que extraño la palabra terminar pensando en Mariano. En ti sí, la palabra terminar había sido una palabra imprescindible, pero en él... y un termi¬ nar rotundo, sin vuelta, el terminar que tú y yo nos propusimos a diario —iríamos a lo de Olascoaga. Te¬ nías razón. Olascoaga resultó un buen tipo. ¡Y el otro consiguió el mismo salón que Mariano, lo llenó de gente y vendió hasta concluir con su obra de artista improvisado en tres meses. ¡Pucha que la gente es imbécill No se da cuenta de nada. Topos. Topos ciegos. Bueyes mansos y cance¬ rosos con ojeras de solteras viperinas. Que son los tuyos Lucrecia, que son los tuyos. Vivís con ellos. Crecés con ellos. Morís con ellos. Es cierto. No eran los de Mariano, ni los de Laura, ni los de Alvaro. Pero... ¿eran los míos? Tampoco. Como siempre en la zanja. De un brazo éstos y del otro aquellos, tirando, tirando, hundiéndome cada vez más en el barro —barro movedizo—, llenándome la boca, los ojos, la sangre con barro de la zanjal —Basta, me voy, no aguanto más. —No vale la pena enojarse. Aquí vinimos por curio¬ sidad y a reírnos. ¿No sabés que la risa es salud? Acordate Lucrecia que vas a envejecer antes de tiempo. —A ti te dará risa —le contestó furiosa—. Lo que pasa es que ya no te importa nada. Te has hecho una coraza para protegerte de todo y no podés ni enojarte. —Un día cualquiera, sin proponértelo, si te va a pasar lo mismo —contestó Pablo— entonces las cosas también van a dejar de importarte y tal vez llegues a comprenderme o a perdonarme. Y Mariano muerto, mientras éste sigue apareciendo en las carátulas del Times. Salimos todos de la exposición, hasta Pablo, asquea¬ dos. Sentados alrededor de una mesa en el Tupi nadie hablaba, mientras Fuentes traía caña y café. Y ese niño, ese niño descalzo sin horas para el sueño. 42 Con sus estampitas y sus mejórales pasaba la noche de mesa en mesa. Afuera llovía. Hacía frío. El viento sa¬ cudía los árboles. Era raquítico, rubio y tenía los ojos azules como los tuyos. Al devolverle la estampita gas¬ tada y sucia le di una moneda preguntándole si iba al colegio. —Pero doña —me contestó con desparpajo—, la es¬ cuela se hizo para los ricos —y al hablar miraba con insolencia mi grueso tailleur de tweed de corte im¬ pecable. Festejando la ocurrencia que terminó con el silencio de todos, Olascoaga le regaló un peso. —¡Generoso Olascoaga!— Pero después nos confesó que era la pro¬ pina que encontró sobre la mesa al llegar. —¿No te da vergüenza? —le dije al borde de la histeria. —A mí no ¿y a ti? —A mí si. A mí me da vergüenza todo lo de esta noche. ¡También estar con ustedesl Nadie replicó. Pablo, tomándome por los hombros besó mi pelo. Aparté bruscamente la cabeza pero él me la retuvo murmurándome palabras de cariño, de 'amor y de lástima. Tenía razón. Ellos no le daban importancia a estas cosas que a mí me tocaban directamente haciéndome vivir en complejo de culpa, una culpa ajena a mi vo¬ luntad, una culpa congénita. Alvaro no mentía. Eran los míos, mi tribu, mi hoyo. Como Mariano en el fondo de la tierra. Pero Mariano estaba muerto y yo no. 43 ALEJANDRO VII El piano y el retrato sobre la pared. Una vez, hace tiempo, dijo el doctor Vargas mientras me quitaba las puntadas del vientre recién operado: —Todas las mujeres deberían de trabajar en algo. No hay mejor terapéutica que ocupar el tiempo. ¡Cui¬ dado con el tedio! El piano había pertenecido a su madre. Esa sombra que había sido su madre, porque Alejandro no la tuvo y ha vivido y vive buscando en todas las mujeres al ser ideal inventado por su mente. Cree que yo tam¬ bién podría llenar el molde. Pero está equivocado. Me mortifica. Me tortura. Porque yo no nací para ser ni su madre ni la madre de nadie. —Sí —continuó diciendo el doctor Vargas— hay veces que debemos soportar situaciones matrimoniales difí¬ ciles. llegar al sacrificio, al renunciamiento, en fin, in¬ ventarse una forma de vida soportable. Aunque esto tampoco lo entienden algunas mujeres. Hay que tener hijos para comprenderlo ya que se adhieren a uno como los mejillones a la roca y no se desprenden por nada. Es cierto. Adheridos implacablemente como no lo estás tú, ni lo estuviste tú ¡ni tú ni nadiel Entonces levanto la cabeza, miro el retrato y descu¬ bro un rostro puro, de ojos grandes y transparentes, claros como las tardes del verano y no los reconozco. 41 ¿De quién han sido? ¡De quién son aún muertos o vivos, sobre al tierra o en su fondo? Contemplo la figura er¬ guida y deslumbrante, con el largo y cobrizo pelo revuelto por la brisa del mar, caminando por la orilla del mar, recogiendo plumas y maderos y conchas por la orilla del mar, abandonando huellas y sueños y espe¬ ranzas por la orilla del mar, cuando la vida era un largo y venturoso camino para descubrir, entonces alguien tomó esa fotografía que como un documento —un molesto testigo censurando esta forma de vivir absurda y sin sentido de hoy y todos los días— contem¬ plo detrás del piano de cola, en el que su madre tocara canciones de cuna sin destino. Y analizo desde el fondo de mi recuerdo el retrato colgado sobre el verde agresivo de la pared, retrato de joven deshabitada, vacía, como las salas de nuestras abuelas que al llegar la noche las cubrían con telas blancas, oliendo a in¬ cienso y a mirra. Sí, retrato-símbolo de lo irrecupe¬ rable, pasado vivo y doloroso creciendo, siempre cre¬ ciendo como un gran mural viniéndoseme encima; pa¬ sado que a veces querría destrozar de un golpe —hacerlo añicos— pero otras muchas —quizá las más— prolon¬ garlo desesperadamente, verlo volver, sentirlo como un rumor dentro de una mansión sin luces, en la que el recuerdo enciende lentamente los muebles, las pare¬ des, los techos, los retratos... este retrato del que ya nada queda de la muchacha clara. . . —Lo que pasa es que en el fondo de ti misma, en el fondo de tu orgullo que es más grande que ti misma, brota el resentimiento, el fracaso, la humillación, me diría Alejandro, me lo está diciendo a gritos (él tam¬ bién aprendió a gritar, a ponerse histérico), cuando al volver a esta casa que él ama como a mí, como a nuestros hijos, con la misma pasión con que yo la rechazo junto a las pequeñas y cotidianas cosas de la vida —vida lenta, interminable, opaca que es tu vida y la mía—, Y luego de una inútil y dolorosa discusión en la que nada hemos solucionado me declaro vencida —tu pequeña venganza—, vencida frente a mis errores. —Porque tú Lucrecia, todo lo ves y lo sentís como 4t si la vida fuese un paisaje dibujado en primer plano —lo inmediato, lo tangente— sin notar que detrás del primero hay otro y otro y otro que dan profundidad. Lo que pasa es que no sos profunda y tus sentimien¬ tos los vivís en abstracto, en símbolos. Tenías razón. Todos teníamos razón. Entonces, re¬ primiendo el llanto (el llanto que tú Pablo no has conocido —el llanto de Alejandro—, tú sólo tuviste la medida de mi cuerpo y de mi pena) subí la escalera que lleva a nuestro dormitorio y me tiré sobre la cama, esa cama sin ti, esa cama para todas las noches de mi vida. 49 VIII Una madrugada de primavera un hombre recorría la orilla del mar. —Apenas un río —diría irónicamente Horacio, du¬ rante aquellas ridiculas discusiones transcurridas en esos diez años interminables y angustiosos. El puerto despertaba en ese nuevo día. Un barco pasa frente a la isla —mancha de árboles y rocas— y las campanas de la iglesia anuncian las siete de la maña¬ na de una mañana diáfana y cruel. La niebla se despe¬ ja y todo cobra sus verdaderas formas, como si con las olas lavaran el paisaje adormecido surgiendo de la sombra de una noche solitaria, de un cielo estre¬ llado e inmensamente distante. —Porque quieras o no los hombres siempre esta¬ mos cerca, somos los más inmediatos, por eso nos odia¬ mos, nos queremos y hasta nos matamos —le había dicho una noche de copas Rafael, una noche que Alejandro estaba convencido que no había nada más distante que los hombres. Y hoy, más que nunca pen¬ saba que Rafael estaba equivocado. Hoy que sentía una distancia absoluta entre los seres que viviendo en un mismo territorio, ignoraban entre sí sus pro¬ pias existencias. Y en el silencio del amanecer, escu¬ chaba sonoro, partiendo el aire, partiendo el tiempo, ese tiempo suspendido sobre la nada —la nada de Alejandro—, el latido de un corazón abatido, de un corazón de hombre que vive con la prisa necesaria }1 en medio de este caos, de esta floreciente y radiante primavera del año 1963, en este balneario, en este puerto, en este maldito sitio que es Punta del Este, con sus habitantes los mismos, iguales, repetidos, in¬ diferentes turistas anónimos, como ganado ajeno que pasa y deja huellas, basura, estiércol sobre las calles, las playas, los bosque, donde cada millonario ha edi¬ ficado su chalet, el de la Costa Brava, el de Saint Tro- pez, el de una Pompadour con telarañas, el de Bari- loche, el de la tarjeta postal, el de. .. —¿Y qué te importa? ¿No podés refugiarte en ti misma? —le diría Alejandro en aquellas eternas no¬ ches con sus horas, sus minutos, sus segundos, cuando Lucrecia sentada frente al fuego de la chimenea, encen¬ diendo o apagando los deseos, viendo arder los leños resinosos, las piñas secas, crujientes, al borde de la angustia total, le increpaba a gritos —había nacido con la violencia—, ¡su ruina, su destino, su fracaso! Lo que Lucrecia no sabía o no quería saber era que también a él le había llegado el momento de gritar pero callaba para no descubrir frente a ella —a la que amaba, a la que había amado siempre con locura, en una forma absurda y desmedida, convencido de su error, seguro de su fracaso— que había perdido la fe en sí mismo y sin la fe no existía más la esperanza. Y al pensar en todo esto, miraba como el sol iba iluminando los grandes y monstruosos edificios, las viejas casas arrodilladas sobre la arena pagando culpas, viejos pecados, vacías, solitarias, rodeadas de pinos y aromos en flor y quizá entregadas con esa sensación de derrumbe total, como su corazón y su fortaleza. Porque Alejandro nunca imaginó cuando iba a la playita de Punta Gorda a juntar cangrejos y moscas marinas en los resquicios de las rocas, donde el Santa y Don Antonio amarraban su chalana, a un paso de ía casilla donde vivía Pedro (“El Loco de la Estre¬ lla” —diría Lucrecia—) hasta donde podía crecer su angustia —la que traía de nacimiento como una mar¬ ca de hierro al rojo—, ni el volumen de su fracaso, ni el de su amor de hombre por encima del hombre. 52 Aunque siempre presintió el curso indeclinable de esas vidas que estaban en sus manos y que un día sus manos podrían doblarse, abrirse, dejar caer duran¬ te años, siglos, esas vidas frágiles, inmensamente pe¬ queñas en su grandeza, con las que él no supo que hacer, que no hacer para prolongarlas, fundirlas en la suya que hoy desconocía como a una casa extraña, casa de otro ser sentenciado, incurable, pero estoi¬ co y firme como el hierro que se dobla y no se quiebra. Porque Alejandro, de hierro dúctil y generoso, llegó muchas veces al borde del precipicio y en el preciso instante, cuando sus huesos comenzaban a crujir como la roca eterna, una fuerza —la del amor—, la más grande, la más pura, la única verdadera (—por que el mundo es amor— diría Manolo a través de sus lu¬ chas y sus padecimientos) lo impulsaba de nuevo cara al sol y a las estrellas de ese día y esa noche y ese día y esa noche que eran su vida impostergable. —Cuando lo conocí —le contaría Alejandro a Ma¬ nolo y Ana María, una tarde que venciendo su timidez, sus prejuicios y hasta su miedo— en esta misma pieza de Olascoaga, en esta misma habitación que ahora es el taller tuyo y de Alvaro, en la que ya nada queda de nadie, porque todos vivimos a una distancia tal de aquella época, sí, cuando lo conocí, escuché su voz, miré su rostro desde este sillón de mimbre en el que ahora estoy sentado, frente a la ventana cuyo vidrio nadie ha roto nunca, me di cuenta que Pablo la aban¬ donaría luego de destruirla. Y siguió desahogándose mientras tomada un mate amargo mal tomado, tapándolo,.soplándolo. Porque vos Alejandro no sos del mate y perdoná- me hermano, que no tengo vaso para el whis¬ ky y el whisky en mate es feo, con gusto a yerba —le había dicho con toda su maldad Alvaro, con toda su maldad hace ya mucho tiempo, muchos años, aquel día que él vino buscándola porque no la encontraba en ningún sitio y Laura había levantado la cabeza para mirarlo con su mirada humilde y húmeda como era su mirada y le había servido un jarro de vino tinto y más que el vino su amistad, su calor humano, su fe sin fe, porque Laura a pesar del fracaso que su padre desde que tuvo uso de razón le anunció y re¬ pitió el resto de la vida hasta salir con la suya, sí, a pesar de eso y mucho más Laura ayudaba a vivir, a creer, a esperar y tal vez fue la única que pudo ayudarlo pero tampoco lo hizo. Porque nadie puede ayudar a nadie y si no salís solo del pantano te hundís hasta la rodilla y después hasta la cintura y los brazos y la cabeza y cuando lle- gás a la boca recién comienza el alivio porque no podés gritar y entonces qué importa que no te escu¬ chen y cuando llegás a los ojos no podés ver entonces qué importa que no te miren. Pero Alejandro no había llegado a los ojos aunque sabía que estaba cerca y tenía miedo de tocar fondo porque con él también caería Lucrecia y ya casi deseaba que fuese pronto, si al fin y al cabo sería un alivio. —Y cuando la conocí a ella —contaría con el dolo¬ roso placer que da recordar el pasado, ese pasado del que vivimos, porque sin él estaríamos muertos, muertos en vida ya que "vivir es ver volver” contaba Lucrecia que decía Bergantín durante sus clases de literatura española, en aquel deslumbrante semina¬ rio sobre Azorín y Machado, allá en la facultad de humanidades, cuando Alejandro alguna vez (porque casualmente ella lo necesitaba y él esperaba siempre que lo necesitara) la iba a buscar a la salida de clase y tomaban juntos el 105 que atravesaba Ocho de Oc¬ tubre entrando a Carrasco por los portones, esos enor¬ mes y viejos portones de hierro del que sólo quedaban ruinas como lo que ha sido y no es más, como los portones de Carrasco que no existen, que los han arrancado igual que si a un cadáver le arrancaran los ojos, el pelo, los brazos, porque así es el pasado cuan¬ do volvemos a él, como hace poco lo hicimos con Lucrecia, que lo quiso; lo exigió con su desvelo, su llan¬ to contenido que me volvía loco, sollozo sin lágrimas, reproche mudo de “;por qué estoy aquí a tu lado, a esta inmensa distancia de todo y recordando, inven- tando”? Y así fue. Regresó al bosque, el que moría en la orilla del mar, el que tantas veces recorriera con Mariano y se abrazó a los árboles gigantescos hasta sen¬ tir su resina gomosa y perfumada mojándole la boca, tan diferente a la resina del bosque que hoy la rodea, la atrapa, la retiene, la ahoga por los cuatro costados de nuestras vidas. —¡No! ¡No! ¡No son éstos! ¡Eran mucho más altos Alejandro! ¡Más profundos y verdes! —gritaría desde el fondo de su recuerdo. Pero eran éstos y ella lo sabía. Lo sabía con odio e impotencia. Lo sabía más que yo. Más que Mariano que ya no estaba allí, lejos del rumor de esas hojas no tan verdes, no tan frescas, marchitas por un tiem¬ po ido, muriendo en un espacio ilimitado y neutro, donde todos —codo contra codo—, estamos forzosa¬ mente juntos sin poder salir, cambiar de sitio, de aire, sometidos a un pasado, a un presente y un futu¬ ro ajeno y nuestro. —Cuando le hablé por primera vez —seguía dicien¬ do— del mundo que ella no aceptaba (el mundo de sus padres, mundo heredado, de la sangre —por¬ que no hay nada más fuerte que la sangre— diría Ra¬ fael en una discución en que Lucrecia trataba de de¬ mostrar lo contrario) supe que nunca más podría alejarla de mi vida. Era una mañana esplendorosa. Sentado sobre las rocas veía como las gaviotas recogían con sus picos amarillos los restos de pescado que habían tirado de la chalana de Don Antonio y pensaba que cada hora de mi vida tan fácil (como diría Alvaro que nunca me quiso —lo que pasa es que Alvaro jamás quiso a nadie empezando por él mismo— nos comentaría aquel pintorcito alemán que venía a sentar cátedra a la pie¬ za de Olascoaga y todos nos reíamos porque hablaba muy mal el español y en vez de decir "cara” decía "cura” y Lucrecia me lo contaba riendo ya que le gustaba contarme todo y mucho más cuando reñía con Pablo y se desahogaba queriéndome encontrar una culpa, como si yo representase lo que los otros 55 rechazaban en ella. Pero no era verdad y lo sabía. Entonces me miraba y creo que ya se daba cuenta hasta dónde puede sufrir un hombre) se iba per¬ diendo en el vacío. Era un adolescente buscando desesperado dentro de la vida monótona y hueca que era mi vida, algo que rompiera la triste y solitaria existencia de niño huér¬ fano: una sueño, una voz, una mujer, el amor, la espe¬ ranza, lo que se imagina, crea y deforma en una prolongada y dolorosa infancia en la que apenas se logra invocar a Dios. — ¡Un pobre Dios al que le atribuyeron una bondad ilimitada; la víctima mayor creada por los hombres, que impotente frente a este caos hostil que marca sin piedad, a latigazos, recoge sobre su cuerpo como el tuyo y el mío, la resaca de la vida, la peste de la humanidad! ¡Sin poder hacer nada! ¡Sin poder hacer nada! —gritaría Alejandro abandonado y solo mirán¬ dose al espejo, descubriéndose a sí mismo, reprimien¬ do el deseo de estrellarlo hasta partir esa figura som¬ bría que lo enfrentaba desde su fracaso; ese descono¬ cido que ocupaba su cuerpo día y noche, sueño y desvelo, con esos ojos no suyos y esa boca y esa frente y esos rasgos que eran del otro, el del hogar, el de la religión que usaba un Dios responsable y severo, sí, el marido que exigía hijos aunque anunciaran muerte con tal de prolongar un nombre ilustre, de estirpe. Y por eso Alejandro sin madre llevando sobre su cabeza y su cuerpo como si fuese un traje y un som¬ brero al último grito de la moda montevideana Montevideo antiguo, crónica histórica, miriñaque y minuette, sí, como un absurdo traje y sombrero un poco grande, un poco usado, ese gran apellido que su padre le había colgado detrás de sus nombres sonoros y varoniles: Alejandro Víctor de Viana, apun¬ tado en el registro civil horas después del entie¬ rro de Hortensia, que había sido dulce, bella, al¬ tiva, guardando en su corazón la canción que nunca pudo entonar para su hijo, para hacerlo dormir, acu¬ narlo, quitarle el miedo que da la noche oscura cuan- 56 do en la frente no se guarda el beso de la madre —bella y altiva— como le contaban la abuela y la tía Pilar llorando sobre su recuerdo cada vez más débil, endeble, mientras Alejandro lo agrandaba hasta el máximo de su imaginación de niño solo. Hoy, allí, sentado sobre las rocas, no sabiendo qué hacer para dejar de amar a una muerta y terminar con el rencor que iba creciendo como crecen los árbo¬ les con ramas y raíces perforando su cuerpo, su ardo¬ roso y espléndido cuerpo de adolescente. —Es la raza —oiría humillado comentar a su padre, cuando la viuda de Altamirano “la viuda elegante”, mirando al padre y al hijo con aquella sonrisa de boca entreabierta que tanto lo intimidaba, los comparaba hablando de los ojos de aquel niño casi un hombre “ojos como almendros maduros” decía y de “su boca de labios gruesos y sensuales” y de “su pelo oscuro” y de “su altura desgarbada que le daban aquel aire de distinción y de ensueño”. —“La raza”, repetiría el padre orgulloso, porque sabía que la viuda estaba hablando para él, tan buen mozo, tan feliz de tener aquel hijo al que veía por cortas temporadas pero suficientes, ya que sus viajes, sus urgentes compromisos, sus relaciones por todo el mundo lo absorbían en una forma que debía recor¬ dar que también era padre. Aunque vivía tranquilo. Suegra y cuñada habían suplido a Hortensia... Hor¬ tensia. . . y ya le parecía, hacía tiempo que le parecía un ser legendario y remoto de su juventud no perdi¬ da. Porque Víctor pensaba que la vejez estaba fuera de su existencia. Se había olvidado de la voz y el rostro tenía que hallarlo en el retrato al óleo que ocupaba el centro de la pared del comedor y recurrir afanosamente a la memoria para muchas cosas que creían no eran de él, nunca haber sido. —Porque la vida es así ma cherie —decía besándole la mano—. No tengas celos de una muerta que es como tenerlos de una estatua. Alejandro trataba de quererlo y cuando estaba a su lado, allí, en la casa que había sido la de su madre, ?7 viéndolo tan poco, ya que ese hombre lleno de obli¬ gaciones, rico, distinguido, de gran apellido: —Porque quiero que entiendas que De Viana es un gran apellido —dice que le decía cuando Alejandro lloraba por jugar con los niños que vivían en la esquina de su casa, hijos de buena gente pero desco¬ nocida— no un cualquiera, Rodríguez, Sánchez Pérez. ¡Y tengo que grabártelo aquí, ya que no tenés madrel [Ya que no tenés madre...! Y así se dormía... "ya que no tenés madre” para soñar con ella. Y era una niña. Y era una adolescente a la que amaba con ternura, curiosidad, deseos... ¿Cómo se quiere a una madre? ¿Qué se siente por una madre? Nunca se atre¬ vió a preguntarle a sus amigos, pero un día no pudo más y le preguntó a Lucrecia. —¿Una madre? Sí, para que te mortifique las vein¬ ticuatro horas del día; para que te diga quién sos y de dónde venís y saliste una descatada y nadie te va a mirar y no te da vergüenza vivir al lado de esa gentu¬ za. Sí, querés a tu madre y llegado el momento olvidás todo y perdonas, pero es duro. Mirá que si no salís como ella quiere es duro y te lo hace pagar. Aunque no vas a comprenderme, porque tú como ella. . . mirá, estoy segura de que mamá sería feliz contigo. No querías razonar que si yo rechazaba tu for¬ ma de vivir, era porque te estaba destruyendo. Nos movíamos en un mundo ficticio que no dejaba saldos a favor. Yo trataba de combatirlo y no de despreciarlo ine¬ xorablemente, porque de cualquier forma no podía eva¬ dirme definitivamente de mi medio como no podías tampoco hacerlo tú, ¿o es que aún no te habías dado cuenta que todos —nosotros y ellos— estábamos vivien¬ do equivocados y que ninguno lograba situarse en su lugar? Y un día murió la abuela y Alejandro quedó con la absurda, pasada de moda tía Pilar, viendo de cuando en cuando a ese desconocido que era su padre. Y hoy, justo hoy 19 de octubre, jueves en que Lucrecia ha regresado de la estancia de su abuelo, feliz, despreocu- 58 pada, y ha venido a estas rocas, las mismas en las que Alejandro está sentado viéndola acercarse, avan¬ zar por la arena, descalza, con el largo y lacio pelo revuelto por la brisa del mar, con los grandes ojos inmensamente abiertos como queriendo abarcar de una sola mirada el agua azul, fría, profunda, traspa¬ sarla, tocar fondo, mientras el sol la cubre, la protege del salitre agresivo de las olas que se levantan y se quiebran agotadas, salpicando las rocas desde donde Alejandro sigue mirándola hipnotizado, como si el mundo hubiese desaparecido de un golpe con su presen¬ cia más grande que la playa, que el aire, que el sol, más grande que todo. 1 T” 1 " ^ —¿No te han dicho nunca que tenés los ojos ama¬ rillos como la piel, como el pelo? —le diría más adelante, venciendo su timidez, cuando buscaba algo— él no sabía que detrás de su sonrisa un poco vieja, un poco triste, sonrisa que Lucrecia tuvo siempre y aún tiene cuando sonríe para él; detrás de esa cara fina y angulosa donde brillaban sus ojos amarillos y extraños, de trébol, de ola, de sol y de lágrima. Lucrecia lo miró y como si fuesen viejos amigos, más que amigos, hermanos, queridos hermanos que ninguno de los dos tuvo nunca (—¡Por qué siempre me has tratado como si fuera tu hermano mayor, pero soy tu marido, el padre de tus hijos!— y la sacudiría violentamente a punto de pegarle, mientras ella, tré¬ mula, incapaz de contradecirlo, lloraría con culpa y rencor esas lágrimas que él tanto odiaba a pesar de ser suyas —tal vez lo único— ese llanto silencioso, deses¬ perado, purgando un pecado eterno e insalvable) dejó la caña de pescar sobre la arena, sentándose a su lado. Así comenzó esta extraña y fascinante relación. Y digo fascinante poraue iba descubriendo en Lucrecia lo que yo hubiera sido de haberme atrevido. Su atrac¬ ción llegó a ser tan honda, total, que tardes y noches eran un sacrificio ya que sólo nos veíamos por las mañanas cuando el tiempo era bueno. Pescábamos conversando largo rato con Don Antonio y el Santa y contemplando a Pedro “El Loco de la Estrella”, per- sonaje extraño y legendario entre pájaro y hombre, extranjero sin patria y sin edad que un día apareció entre los pescadores de la costa, enfermo, loco, ha¬ blando un idioma desconocido pero nombrando a Dios y buscándolo en el mar, el horizonte y el cielo. — ¡Si viera que Dotorl —nos diría el Santa, tarta¬ mudo, borracho, de corazón sano y honesto, con esa inmensa ceja como si con una tiza le hubieran rayado la frente sobre los ojos renegridos que le daba aquel aspecto diabólico. Y el Santa —como lo llamaba su familia— le regalaba a Pedro su ropa raída, su comida escasa y algún cigarrillo, ya que Pedro remendaba las redes, cuidaba la chalana, viviendo entre los arbustos en una choza de hojas. Era como un dibujo hecho de un trazo a pluma: cutis curtido a grietas, rostro fino y escuálido, ojos grises y hundidos mirando al hori¬ zonte “Buscando a Dios”, diría Don Antonio que también lo buscaba; todos lo buscábamos como al madero en un naufragio, dentro del mar, mar agre sivo donde a pesar de todo hallábamos la calma necesaria para nuestros sentidos agitados como sus corrientes interiores, calma necesaria para mi vida, para la tuya, para la de Don Antonio, viejecito sin tiempo, el más anciano de los ancianos, el que dirigía la pes¬ ca, el patrón de la chalana y de las redes, el que había nacido sobre las rocas igual que los pájaros marinos, allí, donde un día te descubrí, donde un día te amé y donde quizá hoy te siento perdida para siempre. Porque a Lucrecia la fui. encontrando y perdiendo en todas partes, como la vida y la muerte, como ese tiempo absurdo que es nuestro pasado y nuestro fu¬ turo, cuando discutíamos con Julián allá en la facul¬ tad de derecho, al comenzar la obsesión por la bomba atómica y la guerra nuclear y durante la noche no dormía pensando en lo efímero de nuestra vida —la mía, la tuya— no saber si mañana despierto y qué pasa y los niños y las hierbas y el amor... tan solo las estrellas para mirar la desvastación y la muerte. Entonces aparecías tú. Venías de la pieza de Olas- 60 coaga de discutir también sobre la vida y la muerte. Venías desde tu mundo y situándote en el ángulo más opuesto hablabas importante y superior, sin com¬ prender que Julián, como Jorge y Emilio, como to¬ dos nosotros también teníamos un mundo, no pre¬ cisamente en el puerto sino en Carrasco, en el só¬ tano de lo de Furtado, en una suntuosa casa y no en un conventillo, donde vivían la Vieja y la Morocha con trajes diferentes —sólo los trajes— ya que la viejeci- ta, la abuela de Furtado, desde su fortuna había ido en¬ terrando hijo tras hijo muertos en violentos accidentes y escándalos jugosos, criando a sus nietos que hoy crecían a la buena o mala de Dios, sin poder conducirlos desde su sillón de paralítica, mirando al mundo por la ren¬ dija de una gran residencia, con su dinero, su confort, su impotencia total frente a la vida que hoy y siem¬ pre le habían impuesto, tan diferente a la que ella hubiera elegido. Y la Morocha, aquella hija casada tres veces como un cheque al portador, nada más ni nada menos, y tres veces había fracasado cuando el cheque se terminaba y aún era joven, aunque Josefina estaba vieja, anciana, desde su primer fracaso de che¬ que al portador. Sí, las dos con vestimenta diferente sufriendo en distinta forma, pero sufriendo al fin. Y Julián Furtado escribiendo aquellos versos naci¬ dos en sus entrañas, en su muerte de millonario que igual es la muerte porque al fin y al cabo para qué todo esto si en el preciso momento nos moriremos en la misma forma y nuestros huesos convertidos en pol¬ vo se mezclarán debajo de esa fosa común que es la tierra. Y yo tratando de que Lucrecia comprendiera que aquí, o en cualquier sitio la gente sufría y vivía equivocada. Pero ella se negaba a entenderlo por defender a Pablo su pintor, su figura exaltada en su F erviente imaginación. Porque Pablo era como todos los Pablos de la tierra, quizá un poco más egoísta, frío, cobarde, justificándose con una niñez y una ado¬ lescencia dolorosa. Pero no era el único. Y esto traía dos resultados: se salvaba volviéndose esencialmente humano o se enclaustraba en lo alto de una torre y 61 desde allí, aislado, indiferente, contemplaba el mun¬ do de los hombres, y con gesto elegante, de mártir, solitario y excéntrico —porque Pablo era una mezcla de todo esto— rechazaba en su momento, cuando ya no servía, comenzaba a cansar, lo que le daba la gana: cosas materiales, seres humanos, tanto da, no importa. La cosa era irse, desligarse sin discusiones, sin violen¬ cias, despedidas, porque todo está demás cuando las cosas dejan de interesarnos por a por b o por c, cuan¬ do las cosas tienen que terminar. Y recuerdo que si Lucrecia resbalaba en las rocas prendiéndose de mí, su contacto me palarizaba a tal punto que dejaba de ser su apoyo para rodar abra¬ zados aunque enérgicamente me dominara. Ella lo sabía. ¿Y qué importaba? ¡Es que alguna vez llegaron a inquietarle mis sentimientos y mis conflictos? —Y si no le importaban —replicaría Manolo —¿por qué diablos ha seguido a tu lado? —Lucrecia nunca ha estado a mi lado —contestaría una vez más con voz de otro, sin orgullo, sin memoria, entregado. —Entonces ¿por qué te casaste? —diría defendiéndo¬ la como todos ellos. —Porqué me casé. Porqué me casé. Porqué tomás agua. Porqué te vestís. Porqué te acostás desnudo en una cama. Por todo eso que hacemos día tras día de nuestra vida, actos que pertenecen al cuerpo, a los sentidos, parte de nosotros, Lucrecia parte de mí mis¬ mo, un brazo, una mano, las ganas de orinar o de comer o de dormir, pero con voluntad propia, ¿enten- dés? .como si ordenara a mis pies ir hacia adelante y el izquierdo se rebelase y fuese hacia atrás. Entonces, primero el desconcierto, luego la desesperación, por fin el odio. Hasta que un día, sorpresivamente, lo viera avanzar caundo creía todo perdido. Pero Alejandro nada les diría. Su incomunicación era absoluta, progresiva y solo se preguntaría a sí mismo: “¿Para qué Dios mío, para qué estaré aquí, en esta habitación, junto a estos muebles, estos cuadros, esta ventana por donde veo los barcos que llegan y se van escuchando voces de 62 extraños tripulantes, sirenas melancólicas que llevan a la meditación y a la nostalgia de lo desconocido, lugares que habitan los sueños, como si en ellos pudiera descubrir el misterio de nuestras existencias —la tuya y la mía— encontrando y destruyendo por fin la raíz de la angustia. —Porque cuando sepas ser un de Viana —repetía su padre. Aunque hoy estaría orgulloso de ese hijo a la última moda. Ese hijo que vivía en una lujosa casa en el balneario más elegante de América del Sur, dos autos, tres sirvientes, una institutriz importada de Londres, tres hijos asistidos por psicólogos y una mu¬ jer adúltera, culta, distinguida, histérica, sí, todo eso que Alejandro sabía de antemano. Nadie lo engañó. Sólo él inventó la cortina de niebla, como esta que hoy se levanta lentamente en la madrugada dejando ver los edificios, la avenida, las casas, el puerto, un hombre caminando por la orilla del mar, empujando con su pie, maderos, algas, mejillones vacíos y pensan¬ do en la forma de “cómo se puede vivir, cómo se pue¬ de seguir viviendo. Hay que inventar una nueva for¬ ma de vivir”... igual que hace años, cuando en la facultad de medicina, en aquel saloncito de actos —época que aún los dos esperaban mucho de la vida— el memorable día que entregaron a Pancho el título de propiedad del apartamento que sería de su mujer y de su hijo, que ella le había dado en la muerte a él, que desde su sillón de paralítico salvaba vidas, solucionaba problemas impostergables, repartía espe¬ ranzas entre los hombres, desde allí, cuando recién recibido de médico, tres meses de casado, al salir del hospital agobiado por algo tan fugaz, inmenso y frágil como es la vida de la gente, el derecho a ella y un niño que se muere y un padre enloquecido y hay que buscar un culpable porque Dios está demasiado lejos para pe¬ dirle cuentas, un culpable ya que todos pagamos nues¬ tras culpas y las ajenas. Entonces la noche, la oscuridad, el miedo, la tormenta, la espera, el enloquecimiento y por último la detonación. Un inocente se desploma en la sombra, en la lluvia, en el frío. Adentro el niño 63 muerto y afuera el hombre se debate con la muerte, la vence, la liquida desde su sillón de paralítico. Nace el hijo y ocupa el sitio necesario y "ese hombre que convertido en un ejemplo” —como dijo en el discurso el decano de la facultad de medicina al entregarle el título de propiedad de aquel apartamento que apenas .habitó— “hoy le damos no un regalo —hay que acla¬ rarlo bien— sino los honorarios acumulados durante años y años de trabajo y sacrificio, honorarios que jamás fueron cobrados. ¡Y la lección permanente, inal¬ terable, para los que estamos aquí y los que no esta¬ mos; y por encima de todo el agradecimiento de los médicos y los estudiantes de medicina al aporte notable que nos deja este hombre que desde su si¬ llón de paralítico, ha inventado una nueva forma de caminar!” Entonces tú lloraste y lloré yo y todos lloramos porque estábamos frente a un ser que tal vez fuera un héroe o un santo. Y me acuerdo que por primera vez dejaste tu mano en la mía y esa noche te besé. Y hay que inventar una nueva forma de vivir junto a la mujer que uno adora, viéndola morirse de nos¬ talgia, de hastío, sabiendo que todo ha terminado en el instante que Pablo se ha ido para siempre de su vida. —Por qué te casaste —le repite Manolo y se estrella de nuevo en la nada. ¿Quién puede darle una mano? ¿Derribar la mura¬ lla de hermetismo igual que su mirada desolada naci¬ da con la muerte? Porque Alejandro nació marcado. —¡Sí, como los toros de pedigree, marcado, por eso no vivís ni me dejás vivir! —le gritaría Lucrecia la noche que él llegó desesperado a la pieza de Olascoa- ga después del entierro y no por la muerte de Maria¬ no (al fin y al cabo, en el fondo de su ser deseaba la destrucción total del pasado de Lucrecia aunque con él cayeran todos, indefectiblemente cayeran todos) ni por temor a que se reanudara un vínculo termina¬ do hacía años, sino por la angustia que tendría Lu¬ crecia que aún no lograba comprender la muerte; y 64 tal vez por todo lo que vendría, aunque nunca pudo imaginar que un hombre solo, pudiera resistir en esa forma. —¿Y qué venís a hacer aquí? Lucrecia se irguió desde el sillón, ese mismo sillón de mimbre donde ahora estoy sentado con Manolo y Ana María; se irguió como el árbol más alto y agresivo del monte inaccesible que siempre vi de lejos, rodeado de niebla, a través de las rejas del parque de mi in¬ fancia; aquel monte bello y envenenado como fue mi vida desde que las rejas se derribaron. Todos se incorporaron y a su alrededor sintió odio, amenaza. Su presencia profanaba un lugar ajeno. Sólo Pablo en su sitio. Pablo sin odios, sin ame¬ naza, el único que después de un instante tremen- don, igual que los soldados en la trinchera, cuan¬ do esperan rígidos, inmóviles, casi diría que muertos, la descarga del enemigo, sin saber cuál morirá, cuál seguirá viviendo aunque sea unos instantes, sólo Pa¬ blo con una voz del otro lado de la tierra o del infierno, le dijo: —Aquí estamos Alejandro, aquí estamos todos jun¬ tos porque se murió Mariano. El aire se detuvo unos instantes y un grupo de corazones abatidos latieron al unísono, igual que un gran reloj marcando el tiempo, ese tiempo sin vuelta, el que ninguno pudo detener, inexorable, fatídico y necesario. Volvieron a sentarse y como siempre él quedó de pie. Ella bajó la vista retirando su mano de la de Pablo. Alejandro, junto a la ventana totalmente abier¬ ta, miraba los barcos y el cielo de la noche. No podría precisar cuántos minutos pasaron en un silencio que podía quebrarse con el vuelo de un pájaro o durar toda la vida, hasta que volviéndose a Lucrecia, sin hablar, sin reproches ni rencores, le preguntó si se iban ya que todo había terminado. Bajaron la escalera. Los pasos se fueron perdiendo y a la habitación llegaron los ruidos de un motor en marcha desparramados en el aire. IX Hasta que un día la seguí hasta el centro. Eran las seis de la tarde. Ella estudiaba letras en la facultad de humanidades, allá en el puerto. Las clases termi¬ naban como máximo a las ocho de la noche y gene¬ ralmente eran de mañana. Se bajó en la calle Juan Carlos Gómez y caminó hasta la dársena. Yo había ido en la plataforma del ómni¬ bus. Verdadera tarea de detective. Al final de la calle dobló hacia la izquierda y casi en seguida se detuvo en un umbral sin puerta, viejo y sucio. Entró decidida. La seguí. Tomó por una escalera de piedra gastada por donde salían gallinas y niños que palmoteó con cariño. —Debe pertenecer a una de esas instituciones cató¬ licas ene realizan su caridad en silencio —pensé, y sentí que la quería más. —¡Estúpido! —me diría furiosa cuando al repro¬ charle sus actitudes le conté lo que había creído. —¡Te creés que soy como todas estas inservibles beatas? ¡Ca¬ ridad! ¡Caridad! ¿No te da vergüenza? Tú también so* de esos? ¿Vas a salvar así a la gente? ¿Vas a solu¬ cionar así los problemas de la miseria que nos rodea sin que a nadie le importe nada? Y yo la admiraba. La admiraba sólo por pensarlo y decirlo, atreverse a ello, conseguir desprenderse de todo y largarlo como cachetadas contra mi rostro, mi boca que tuvo que permanecer callada, porque ¿de 67 qué me hubiera servido explicarle que yo también pensaba así aunque fuese más indiferente o más cobarde, ya que en el fondo sabía que con pensar que todo marchaba equivocado, nada íbamos a solu¬ cionar, como no lo hemos solucionado hasta ahora por¬ que nos faltan agallas, a ella, a ustedes y a mí. Pero era formidable que mal o bien tuviese esa conducta frente a una farsa fabricada y elaborada en la cual somos parte del engranaje que prosigue su marcha sin dete¬ nerse nunca, dentro de un país de diferentes clases cuyas estructuras están todas, absolutamente todas po¬ dridas y sin salida aparente. Entonces vi como entraba en una pieza de puerta estrecha y despintada cerrándola tras ella. Bajé en silencio mientras algunos rostros me observaban sor¬ prendidos. Estuve cuatro horas parado en la esquina. Entró y salió gente diferente. —¡Qué importa! —me decía. ¡Sos un imbécil —me decía. De un bar cercano había venido una mujer que intentaba llevarme. En tanto tiempo me llegó a ma¬ nosear murmurándome inmundicias tentadoras. Yo no dejaba la esquina por nada. A las diez de la noche salieron del conventillo varios jóvenes. Por último iba una pareja. Él era desgarbado y alto y llevaba abrazado a una muchacha. Reconocí la risa. Era la de Lucrecia. Mi Lucrecia. Caminaron unas cuadras hasta llegar a la esqui¬ na del mercado. Subieron un trecho entrando a un sucio y viejo bodegón. Pasé por la puerta sin ningún disimulo, mientras que la mujer del bar me seguía di¬ ciendo porquerías. Lucrecia estaba sentada entre dos muchachos en una larga mesa donde todos hablaban animadamente. En ese momento ella miró hacia fuera. Dice que no me vio. Creo que miente. Al llegar a la esquina la mujer ya estaba prendida de mi brazo y me llevaba no sé a dónde. Éramos todos demasiado jóvenes. Sólo recuerdo que 68 al amanecer aún seguía sentado en un cafetín del puerto y otra mujer mayor, como mi tía Pilar, que a esas horas debía de estar todavía levantada esperán¬ dome, a punto de llamar a la policía, sin atreverse por temor al escándalo, sí, una mujer mayor como mi tía Pilar, gorda, con el pelo como paja amarilla, bigotes como paja amarilla y un traje de seda verde y bri¬ llante, me hacía beber café con alkazeltsers y yo daba vuelta la cabeza y vomitaba contra la mesa de al lado. Recuerdo un cartelito colgado de la puerta hamacán¬ dose con el viento de la madrugada y que decía: “Se habla en alemán, francés, inglés e italiano”. Miré a mi alrededor y solo vi a un mozo flaco y bizco que sentado en una silla frente a mí, roncaba a sobresaltos. —Tomá muchacho y andá a tu casa. Me paré. Todo giró a mi alrededor. Volvieron las náuseas. Sentí los ojos irritados y doloridos. Al pa¬ sar me miré en un espejo de ancho marco dorado que colgaba de la pared del fondo y que me recordó la sala de mi abuela. Quizá había llorado toda la noche. La mujer me dio plata para el ómnibus porque me habían robado la billetera. No sé cómo fui ca¬ minando hasta la parada del 105 y aún tuve que esperar un largo rato a que saliera el primer ómnibus. Esa mañana, Lucrecia debe de haberme esperado por primera vez en la playa. Debe de haberme espe¬ rado muchos días. Había decidido terminar definiti¬ vamente con esa extraña amistad que me llevaba a la desesperación y al abandono. Hasta que una tarde, caminando por la avenida Aro- cena yendo a lo de Furtado, la vi por el reflejo del vidrio de la farmacia. Mi primera reacción fue escon¬ derme, desaparecer, que me tragara la tierra y me quedé clavado en la vereda mirándola hasta que ella me vio. Cuando de niño quería que algo se realizara, re¬ cuerdo que ponía los dedos en punta y decía tocán¬ dome el corazón: "Que Dios se levante, que el diablo se muera y que la yeta se quede afuera”. Lo repetí 69 instintivamente. Pero después. . . “¿y qué te importa? ¿Quién es ella al fin y al cabo? ¡Atorranta! ¿Loquean¬ do por los arrabales del puerto!” Yo sabía que no era así; que todo era mucho más serio y trascendente. — ¡Alejandro! —su voz era de felicidad y sorpresa. —Hola Lucrecia —le contesté mirándola hasta el fondo de su alma y de su cuerpo. Ya estaba encima mío preguntándome qué me ha¬ bía pasado; que esperó días y días hasta que se cansó y sola no le gustaba estar allí, entonces a Don Anto¬ nio se le ocurrió que podía estar enfermo y se pre¬ ocupó tanto que casi va a mi casa, pero como conoce a la tía Pilar y le parece una vieja con telerañas y también conoce a mi padre que es amigo de su tío Raúl, sí, nunca me había contado y también le dio vergüenza y. . . —Yo tengo mi vida Lucrecia y tú la tuya —le con¬ testé fríamente. Sus ojos tomaron un brillo amarillo y verde que conocía de memoria. —¿Qué vida? —me dijo furiosa. ¿La vida de todos estos imbéciles que se rascan esperando la mensuali¬ dad del papá, perdiendo los exámenes cuando los dan? ¿Los play-boy de avenida Arocena mamándose en el clubcito de tenis o robando el auto de la casa para manosearse con alguna de nosotras después de una noche de whiskería? ¿O jugás a los chicos bien colaborando con los padres demócratas, ensayando tus primeros balbuceos en el nazi-facismo rioplatense? ¿Ésa es tu vida? ¡Cuál de éstos es tu hobby? ¡Huérfano! Y sin mirarme ni darme tiempo a contestarle, cruzó la calle y siguió de largo. En ese momento entraba a la despensa San Fernan¬ do la mujer de Cochile, la despampanante mujer de Cochile que ahora andaba con el príncipe de arriba abajo, mientras el pobre marido suspiraba ha¬ ciéndose el desentendido. ¿Y por qué iba a enojarse? ¿Acaso él era el único? ¿No se las arreglaba igual muy bien? ¿Yolanda no contaba? Además, mientras fuese gente de categoría... porque eso sí, que no le diera 70 por loquear en serio como la puta de Agueda que ahora se había enamorado del que había sido caddy del golf de Punta Carreta y a la vista de todos lo llevaba en su auto —en el de Rodolfo—, y el desgra¬ ciado soportando la situación por los chicos y su carrera política, ya que siempre un divorciado des¬ pierta resistencias... Ridicula situación, que al fin y al cabo, lo que quieras, pero un caddy. . . jera perder la vergüenza! Y al entrar a la despensa se paró escuchando lo que Lucrecia me gritaba. Yo no sabía qué hacer. Si dispa¬ rar, correrla, darle una cachetada, porque eso era lo que merecía, ¡golpes! Y por fin conversando con la mujer de Cochile. —¡Insolente! ¡Mocosa insolente! ¡Renegando de su clase como de costumbre! ¡Ni los padres pueden con ella! ¡Pupila la mandaría yo si fuera mi hija! Y a un colegio de mala muerte, nada de Sacre Coeur, ¡a las Teresas o al Huerto para que aprenda a respetar a la gente de su clase! ¡Qué sabrá de padres demócra¬ tas y de facismo! ¡Comunista! La mujer de Cochile era la que había armado la última orgía en el club. Todos disfrazados de arte¬ factos de baño. El premio lo había ganado Bebón con su traje de bidet, un bidet grande y generoso que largaba hasta agua caliente. Dentro de la despensa siguió diciendo cosas. De pronto recordé a la mujer del puerto. Nunca supe oué hice con ella, a dónde fui. Y la mujer de Cochile era una morocha espléndida... pena que me recor¬ dara constantemente a esa otra mujer tan repugnante. Y una tarde salí a caminar por la playa. Anoche¬ cía y la vi. Iba también por la orilla del mar acompañada de un muchacho que no era el del con¬ ventillo. Más bien bajo, de pelo oscuro, de lente y traje azul. Me llamó la atención su vestimenta. Lucre¬ cia iba descalza. A ratos conversaban y a ratos calla¬ ban y él la miraba y ella no y casi los mojaba el agua oue las olas desparramaba en inmensas lenguas so¬ bre la arena. 71 Un bote hundido en la orilla les interrumpió el paso. Entonces, recostados en su borde, los tres vimos aparecer la primera estrella de la noche. "|Huérfano!” Había llegado al límite de la mal¬ dad. Al mirarla de lejos como a algo inabordable y sin embargo tan dentro de mi ser, presentí lo que ven¬ dría. Hacía mucho tiempo estaba seguro de que Lucrecia se había fijado en mi vida en forma absoluta. Nunca he podido explicar mis reacciones frente a ella, pero recuerdo que de pronto comencé a caminar hacia el bote sin que nada pudiera detenerme. Me vio lle¬ gar y se quedó inmóvil. Él, absorto en la noche y en Lucrecia ni me sintió. Antes de hablarle supe que es¬ taba arrepentida. —Hola, Alejandro —me dijo— ¿cómo estás? El muchacho se volvió sorprendido. Sus facciones eran puras y clásicas. Tenía una mirada dulce, cor¬ dial y me tendió la mano con simpatía. Ese día conocí a Mariano en la orilla del mar, ano¬ checiendo. Ese día Lucrecia, tuve mi primera gran caída junto a ti y tal vez te quise más que nunca, por¬ que ese día te dejaste querer. 72 X Entonces vino lo del hornero. Estábamos sentados en el clubcito de tenis apoya- dos contra el gran ventanal, contemplando las can¬ chas y los altos árboles que las circundaban. Lucrecia había terminado con Pablo y estaba desesperada. —Lucrecia —le decía— ¿cómo puedo hacer para que me escuches? ¿Cómo explicarte que estás destruyéndote inútilmente? Lucrecia miraba a un hornero llevar con su piquito el barro para construir su hogar. —Lucrecia —seguía diciéndole— cuando eras niña y tu madre te besaba antes de dormir y al cerrar los ojos sabías que velaban tu sueño y que al despertar te besaría de nuevo, entonces en tu corazón planta¬ ban la simiente para la fortaleza, porque lo que no sabés cuando decís: “Prefiero morirme, porque no tengo fuerza ni voluntad ni nada”, lo difícil que sería si no hubieras tenido alrededor de tu infancia la ternura de la madre. El hornero construye su choza. Tendrá una com¬ pañera que le dará hijos y amor. Pero anoche. .. ¿qué pasó anoche? Hubiera querido que la trataran como cuando era niña; que velaran su sueño despertándola con besos y no con gritos, reproches, insultos, cercada de seres que no quieren entender como se siente una adolescente, una joven, una mujer que sufre y se debate sola en el mundo. 73 —Lucrecia, me quiero casar contigo porque te amo y te necesito y me necesi... Un grito desgarrador interrumpió las palabras de Alejandro. Ella ocultó el rostro entre las manos y sollozó desesperadamente. Él se levantó de un salto asustado, sorprendido. Era la primera vez en su vida que veía llorar a una mujer en esa forma. —¡Lucrecial ¡Lucrecia! —y la abrazaba sin impor¬ tarle los ojos asombrados del cantinero y su mujer. Mañana lo sabría todo Carrasco, aunque por suerte, en ese instante no había nadie en el club. —¿Qué tenés Lucrecia? ¿Qué te pasa? Ella levantó la cabeza y señaló con su mano blanca, los árboles de la entrada. Alejandro la siguió con la vista y de golpe se acordó de la paloma que su padre le había traído de regalo en uno de sus viajes, cuando era pequeño. La paloma entraba a su dormitorio por la ventana y parándose en la mesa de luz, agitaba las alas amplias y maternales que cobijaban pichones, mirándolo con sus ojos de acero como diciéndole: “Déjame ir. No me retengas. Mi vida es otra. Yo soy una paloma y tú eres un niño”. Hasta que un día, cuando él estaba acariciándola convencido de que por fin estaba acostumbrada a esta nueva vida no elegida y que no lo abandonaría ni seguiría pidiéndole con sus ojos de paloma su libertad, ésta se echó a volar y aunque él la esperó días y noches, nunca más regresó. La mano de Lucrecia se desplomó sobre la tierra y un nuevo sollozo agitó el aire envenenado de ese lugar oscuro y hondo como el dolor de la materia. Miró de nuevo por la ventana y todo estaba en su sitio. Y de pronto descubrió al pequeño hornero aún con pajitas en su pico de constructor, que tendido so¬ bre el camino de la entrada sacudía la cabeza en los últimos estertores de la muerte. Sobre su pecho, de una gran mancha roja brotaba un hilo de sangre. Tal vez un niño le había tirado con su honda una certera piedra. Y en el centro del árbol, el enorme eucaliptus que marcaba la entrada al club, como una bandera a media hasta se veía el nido casi terminado. 74 Inclinado sobre Lucrecia, sin importarle nada de los cantineros que saboreaban su sabroso y novedoso chisme, besó su pelo, su frente, sus manos, descubrien¬ do en ese preciso momento que Lucrecia, siendo una mujer que amaba mucho y sufría demasiado, necesi¬ taba el amor íntegro y puro que sólo ¿1 podía darle. 75 XI Durante una semana no hablamos más de Pablo. Nos veíamos a diario y algunas veces iba a buscarla a la facultad. Yo no quería pensar en el futuro y mi terror era que el pintor apareciese de nuevo. Me conformaba con vivir lo mejor posible ese tiempo prestado y no mío, quizá el más feliz de mi existencia. —Si alguna vez me casara contigo —me dijo y no lograba creerle— querría que me llevaras muy lejos de aquí... porque sabés, a mí no me importa nada el Uruguay y menos Montevideo. Estoy harta de sus cosas y su gente. Si hubiera podido grabarte palabra por palabra lo que entonces dijiste y que hoy, sentados frente a frente —si es que alguna vez volvemos a estarlo— escu¬ charas tu propia voz. Porque tú, Lucrecia, estés donde estés, vivas donde vivas, seguirás desesperada, descon¬ forme, añorando como si fueran hijos muertos, aman¬ tes muertos, minuto por minuto tu pasado. Y lo que pasa es que no sabés estar ni contigo misma y le echás las culpas a los demás sin darte cuenta que tu peor enemigo está en ti y no en mí ni en nadie. Pero no lo hice. Me limité a escucharte en silencio temeroso de hablar, de contestarte, de que todo fuese un sueño equivocado y que el sonido de mi voz pu¬ diera traernos a la realidad. Entonces vino lo de la huelga. 77 —Mañana no vamos a clase y podremos pasar todo el día juntos —me dijo esa noche en lo de Silvia, una de sus únicas amigas. —Porque las mujeres me hartan —me explicó una tarde que fuimos a tomar el té al Telégrafo y estaba repleto de mujeres— y no aguanto llegar a un sitio y verme rodeada de esos pajaracos hablando como vic- trolas descompuestas. Así como no me importa entrar a un lugar cualquiera lleno de hombres aunque yo sea la única mujer y me miren y. . . en fin, que la presencia de ustedes no me molesta, podría decirte que hasta me halaga, pero a las mujeres no las soporto. Y recuerdo que después de esta perorata que me desconcertó como todo lo de ella, entró directamente a una mesa del fondo que quedaba contra los gran¬ des espejos de marcos dorados, por donde uno podía mirar como en un palco lo que sucedía alrededor. Y la tía Rosaura le gritó: — ¡Lucrecial Nos dimos vuelta. Con la tía estaban tres señoras amibas de su madre. Saludamos y nos miraron de arriba abajo. Yo no sabía qué hacer, si acercarme, si. . . pero vi su mirada y escuché la voz de la tía cascada y vieja: —¡Ay hijita, que suerte encontrarte por fin con gen¬ te bien! —y se volvió mirándome y ya todo el Telégra¬ fo me miraba. Entonces, en uno de sus arranques imperdonables por los que se hacía odiar y criticar, me tomó del brazo y dijo en voz alta tan suelta de cuerpo: —Sí, es Alejandro de Viana. Vinimos a tomar el té. Es mi último amante ¿sabés?, ahora me dedico a los apellidos ilustres, me harté de los barbudos. Y dirigiéndose a una de las señoras que no salía de su asombro, tal vez sin comprender una palabra de esta violenta explicación, le dijo: —Ya ve, le estoy haciendo la competencia a su so¬ brina Mónica. A su alrededor había un silencio total, mientras 78 ella seguía actuando como en un show barato, de cabaret. —Es cierto que Mónica me gana —continuó— por¬ que yo todavía no me dedico a los casados. í con la mejor sonrisa salida de su resentimiento, saludó amablemente yendo hacia la mesa sin mirar a nadie. Nos sentamos frente a frente. Mi primer impulso fue levantarme y dejarla plantada. Creía que se podía jugar con la gente y no era así. Yo era un hombre y no me trataba como a tal. Menospreciaba dema¬ siado a las personas de su clase, perdiendo todo amor propio frente a esas otras que la deslumbraban con fuegos artificiales. Porque nadie era mejor que nadie ni en el Telégrafo ni en el Tupí. —Y bien sabés que no me importa nada que me crean tu amante aun que no lo sea, pero no soy un pelele para que me manejes a tu antojo. Y te podes ir ahora mismo con tu Pablo y sus amigos, porque de mí no se ríe ni tú ni nadie. Como siempre se dio cuenta de lo que había hecho y humildemente me pidió perdón. —Y qué nos importan esas viejas corujas. Tú sabés que te quiero, te respeto y te necesito. Lo que pasa es que estoy harta de gente como ésta... Mirálas, mirtílas comer y hablar de ropa y de sirvientas y de la última fiesta en el golf y que no me invitaron a lo de Terra y que en lo de Algorta no sirvieron whisky bueno y Jorge se fue a las diez con Marisa y nadie sabe a dónde y que papá habló con el ministro tal y el diputado cual y prometieron que a fin de mes me nombran en la Biblioteca del Senado, fijáte, a mí con libros, pero no es nada, iré a firmar a la hora justa, eso sí, y me aseguraron que aunque no supie¬ se ni leer ni escribir no tendría importancia y jqué sueldo!; con el primero me compro el bremmer azul, de los que trae Beatriz de contrabando... [y Laura pudriéndose en el noveno piso del Municipio en Ins¬ talaciones Mecánicas y Julieta metida ocho horas en la biblioteca de la facultad, apenas viendo a sus hijos 79 cuando llega muerta de cansancio a su casa a cocinar, a cambiarlos y a no poder leer ni el diario. —Si te dijera que desde hace cuatro meses no po¬ demos salir juntos, porque a Raúl le deben varios sueldos de secundaria y en el diario le pagan una miseria y he despedido a la muchacha con cama porque es inútil, la plata no da, la vida cada día más cara, en fin, que hasta nos turnamos para salir una vez por semana, ir a un cine, una exposición, aunque yo qui¬ siera que Raúl saliese con sus amigos para distraerse, pero sabés como es en ese sentido, no le parece justo y aquí estamos día tras día esperando que cambie alguna cosa. —Y entonces mirás a tu alrededor y te das cuenta que de ninguna de las dos maneras se puede vivir. Y no culpo a nadie porque nadie tiene la culpa y si existe culpa es de todos. Y esto sólo se puede cortar de raíz y de sobra sé que ni tú ni yo podemos solucio¬ narlo, pero aunque sea no sigamos echando leña al fuego ya que la hoguera es cada vez más grande y los más quemados no somos nosotros, los que aquí estamos tranquilos, sentados en estas sillas lustra¬ das, entre estos espejos que sólo reflejan rostros vacíos, inicuos, cuando en este mismo momento nacen y mueren seres que nunca pudieron ni podrán mirar¬ se el rostro en un espejo; cuando por las calles del mundo se arrastran como ríos desbordados, sin orillas, las miserias humanas y nada para contener los ríos desbordados, saltando para no mojarnos los zapatos —último modelo italiano— y nosotros aquí sentados no sabiendo qué hacer con nuestro tiempo y nuestra vida. Entonces no los aguanto ni me aguanto ni te aguanto y los odio y nos odio y digo y hago cosas para molertarnos como si así pudiera salvar algo de mi culpa y de la tuya. Pero es inútil y te ofendo, sin querer te ofendo. Perdóname Alejandro. —Pero yo mañana tengo clase —le contesté sabiendo perfectamente a que se refería. —Mañana hacemos huelga. Todas las facultades y los liceos la hacen. RO —Sí —le dije— pero yo no la hago. —¿Cómo que no la hacés? —No hago huelga y te voy a explicar por qué: la huelga de mañana es en adhesión al pueblo venezolano porque tienen un dictador que lo está liquidando, porque es un criminal y en América tenemos que terminar de una vez por todas con esta gente y por un montón de razones justas y heroicas. ¿Pero nunca has pensado que el Uruguay tiene graves y urgentes problemas sin resolver, por los cuales también los estudiantes tendríamos que hacer huelgas, solidari¬ zándonos y exigiendo a quien debemos exigir que se haga justicia aunque igual hágamos estas huelgas sim¬ bólicas que al fin de cuentas no conducen a nada? —Estás equivocado Alejandro. Apenas hace quince días hicimos una huelga acompañando a los obreros de los frigoríficos. Hace dos meses hicimos otra... —No Lucrecia. Cuando digo esto no pienso ni un instante en los obreros que al fin y al cabo tienen sus sindicatos y su fuerza. Cuando hablo de la necesidad de otras huelgas pienso en cosas tan profundas y serias pero abandonadas. ¿Hemos hecho alguna vez una huel¬ ga porque en los hospitales faltan cosas imprescindi¬ bles para la vida de los enfermos, en donde no existe ni siquiera el material humano capaz de aliviar con un gesto a un moribundo? ¿Y los responsables, a los que podemos exigirles, que entran y salen acostum¬ brados, indiferentes, cumpliendo su obligación del diagnóstico, igual que la mucama cuando sirve la mesa, la izquierda, la derecha, primero a las señoras, plato por plato, recoger el pan, las migas y a fin de mes el salario, el aprendizaje, la experiencia para un trabajo mejor remunerado... Y no hablemos del Vi- lardebó, donde el enfermo que tiene la desgracia de internarse difícilmente sale, padeciendo hambre, malos tratos, mugre, abandono, donde hoy, justamente hoy se pudre Cabrerita, colega de tus amigos los pintores, pintores socialistas y comunistas, los que pretenden en¬ cerrados dentro de una habitación inventar un mundo nuevo, mientras dejan morir a Cabrerita, que le roben 81 sus cuadros que pinta en plena locura y si ya no ha muerto del todo lo hará mañana o pasado sin que nadie haya hecho algo en serio para rescatarlo, darle un sitio decente para su muerte. Sí, los que hacen huelga protestando por todo ¿la han hecho alguna vez por los albergues de menores? Nosotros, estudiantes, jóvenes como ellos ¿hemos intentado frenar la promis¬ cuidad, el abuso, el hambre, la miseria, la degenera¬ ción de los albergues donde vive y crece la mejor es¬ cuela de infantos juveniles? ¿Y nuestros cantegriles en el corazón de Montevideo? Ciudad y país orgulloso de estar al frente de los adelantos sociales; país que ni roza los problemas realmente americanos aunque opi¬ ne sobre ellos en artículos improvisados por periodis¬ tas que creen conocerlos por el solo hecho de vivir unos días invitados por sus gobiernos generalmente en “brillantes trasmisiones de mando” sin penetrar en la raíz de esos complejos y graves problemas que ni tú ni yo ni casi ninguno de nosotros desde esta distancia, este abismo que es América y el Uruguay —el río de la Plata— podemos abordar. En cambio nuestro go¬ bierno y nuestro pueblo resquebrajándose por fuera y por dentro mientras nosotros hacemos huelgas por el pueblo venezolano. Pero sabélo, los uruguayos somos así y nada consigue cambiarnos. Por eso mañana no hago huelga. Lucrecia enmudeció. Silvia también había escuchado en silencio mi discurso y al cabo de un instante, dando todo por terminado se fue a preparar unos claritos y a encender el tocadiscos. Indudablemente era más agra¬ dable la voz de Ives Montand que mis palabras frente a ese escaso auditorio, el único al que me atrevía a enfrentar porque ojalá hubiese sido capaz de gritarlo frente a este mundo que como a Lucrecia me agobiaba y envejecía. Llegó Jimmy furioso. Acababa de perder un parti¬ do de golf en el que había jugado un almuerzo en el Polo Club contra Mario Fuentes, ese principiante para todo. —Hay días que uno no sabe qué le pasa, y porque 82 sí, juega como un chambón —nos decía dirigiéndose a Lucrecia que lo escuchaba a una distancia sin límite. —No sé como todavía no has aprendido a jugar —si¬ guió diciéndole a Lucrecia—, Es un deporte necesario, parte de la educación de una joven de nuestra socie¬ dad. Silvia agarró la onda muy bien. Mira hija, el otro día me diste una gran satisfacción cuando le ga¬ naste a José Luis, el imbatible para todo. . . Es inútil, idiomas, bridge y golf completan hoy en día una bue¬ na formación. Nunca me olvidaré de aquella española que venía de Europa con nosotros en el '‘Provence": bonita, bien vestida, elegante, inteligente, no le faltaba aparentemente nada, pero increíble, ni jugaba bridge ni hablaba una palabra que no fuese español. Ima¬ gínate, con tu madre aprovechábamos a practicar el francés —idioma tan distinguido y tan olvidado— pero no hablaba ni francés. Claro que los gallegos son muy tradicionalistas pero una uruguaya no, no, una uru¬ guaya tiene que sacrificarse y ser una mujer culta.. . ¡Desgraciado de Mario Fuentes: ayer, ayer aprendió a saber lo que eran palos de golf y hoy me gana a mí, socio fundador, vocal en la directiva, que hace veinte años —salvo por viajes— juego todos los fines de se¬ mana. Estos nuevos ricos, como la langosta se meten en todas partes. Ahora se ha hecho socio del Club Uru¬ guay. No le bastó con el Jockey. Y lo más grande es que lo aceptan y le hacen rendez vous. Hoy hasta en el Club Uruguay aceptan a cualquiera. No tenés se¬ guridades en ningún lado. Lo peor es que tendré que ir solo a almorzar con él y su mujer que seguro se cuela, no desperdicia ocasión. Eso sí, no ha podido entrar al Club Carrasco y rabia como loca. Lo que es tu madre ni muerta come con los Fuentes en público. ¡Si la conoceré! Bastante me costó que los invitara aquella noche... ¿te acordás?.. . que si no fuera por¬ que a lo largo de los años se ha convencido de que los negocios tienen que estar ligados a las relaciones so¬ ciales y es a la mujer a la que le toca ese papel, por lo menos en apariencias. . . “No me traigas más a esos nuevos ricos ni a esos judíos porque no los aguanto 83 aunque te hagan ganar una fortuna.” Sí. Pero después ¿quién mantiene tu tren de vida? Que las Pérez, que el bridge, que los autos, que viaje a Europa, que recibir, que la casa en Punta del Este, que punto y banca, que el yate... ¿quién te lo man¬ tiene si no? Sí, jovencitas, hay que aprender a ser mujer y a comportarse como tal. Mañana también ayudarán a sus maridos, ¿no Alejandro? Y cuando les traigan gente rara —que por lo general son brillantes negocios— no les miren el pelo ni la facha ni las ma¬ nos; hablen y hablen mirando un cuadro —como decía Josefina... ¡inteligente Josefina!—. “Nunca los miro y menos cuando como, no podría. Les hablo de pintu¬ ra, de algún último libro, pero eso sí, mirando un cuadro y el paisaje a través de la ventana. En general les voy a decir que entienden más que cualquiera de nosotros. Los judíos ricos son muy cultos y no te digo nada los criollos de plata que creen estar a la moda y ser elegantísimos comprando cuadros modernos —mi Julito con seis años los hace mejor— o teniendo una buena biblioteca con el premio Nobel y los bets-seller; y cuando quiero acordar terminamos la comida, se van encantados y Julio hizo el negocio”. Todos guardábamos un extraño silencio. Creo que Silvia estaba avergonzada. Lucrecia miraba por la ven¬ tana cerrada un punto fijo y en cualquier momento saltaría por ella rompiendo el vidrio. Indiscutiblemen¬ te éramos otra generación con un abismo de por medio. El divorcio con nuestros padres era total fuésemes co¬ mo fuésemos. —Hasta luego chicos y gracias por haberme aguan¬ tado, pero me desahogué —y subió la escalera de dos en dos. —¡Meli! ¡Meli!, ¡perdí!, ¡me ganó Fuentes! Seguimos tomando claritos y escuchando discos has¬ ta que llegó Tito tocando como un loco la bocina del auto. Salimos a dar una vuelta. —Fijáte el viejo me prestó el auto porque él salió de farra con el Gastón. Con éste no se anima. En seguida le chismean a la vieja y se arma la 84 podrida. Se insultan, se tiran con todo —cuando las mujeres son bravas— pero al otro día como si nada: "mi querido”, “tesorito”. Lo que pasa es que papá tiene una cancha bárbara. Tomamos por la avenida Arocena. Era primavera. Una primavera muy diferente a la de ahora, menos vieja, menos agobiada, con más savia, aunque a Lu¬ crecia y a mí nos pareciese el cadáver de una prima¬ vera. —¿Vamos al besódromo muchachos? —y al hablar en¬ cendía y apagaba como un loco el faro piloto del Ford último modelo. ¿Cómo podíamos imaginar que Tito, ocho años des¬ pués, casado con Silvia, convertido en un marido y pa¬ dre ejemplar, se moriría en el término de un mes de un cáncer implacable, tirado sobre la cama del me¬ jor sanatorio de Montevideo, rodeado de médicos fa¬ mosos, de dinero y todo lo que éste podía otorgar, dolorosamente consciente de su muerte? No hubo nada que hacer. Y Silvia a su lado íntegra como siempre lo fue a pesar de su educación. Y aquel muchacho lleno de vida, de amor, luchando a brazo partido hasta el último instante, cuando vinimos de Punta del Este para verlo y le dijo a Lucrecia: —Ché Princesa, espérame este verano con equipo de pesca a fondo porque te aseguro que muy pronto es¬ toy de nuevo con ustedes. Ya se la gané una vez y se la pienso ganar dos. Si no me llevó cuando el choque y eso que me partió al medio... ¿te acordás?... ]Po- bre viejol Después me confesó que había prometido no farrear por un año. Pero esta vez no sirvieron de nada las promesas. Y Silvia sola con los niños, en aquella casa recién cons¬ truida, aún oliendo a pintura, grande, vacía. . . —Estás encandilando los autos y nos vamos a dar un tortazo —le dije sin poderme acostumbrar a sus locuras. —Quiero irme a casa —dijo Lucrecia—, me siento mal. —Siempre aguafiestas —contestó Tito soltando el vo- 85 lante y volviéndose a mirarla—, Pero en seguida le pegó en la nariz con cariño, porque en el fondo aun¬ que no la entendiese (¿es que alguien podía enten¬ derla?) la quería a través de Silvia y Lucrecia sabía hacerse querer cuando le daba la gana. —No te enojes Princesa que fue una broma. En seguida te llevo. Tenía el rostro demacrado, como si volviendo de un largo viaje hubiera dejado el alma en el camino. No hablaba mirando un punto fijo. Entonces le pre¬ gunté si realmente estaba enferma. —Tenés razón Alejandro —me contestó—. No sé si serán fuegos artificiales o verdaderos, pero el mundito me atrae y me deslumbra y no tengo el más mínimo amor propio con ninguno de ellos. Correría ahora mismo a golpearles la puerta gritando: "¡Ábranme! ¡Abranme! ¡Estoy aquí! ¡Abranme por última vez! ¡Así no puedo vivir! ¡Pablo! ¡Pablo! ¡No me dejes! ¡No me dejes nunca! Pero no lo hizo y al otro día hice huelga y desde la mañana salimos a andar a caballo por la playa. Atravesamos el parque Nacional, su verde y majestuo¬ so bosque de altos eucaliptus y pinos legendarios; cor¬ tamos el silencio y nuestras energías con un largo y sudoroso galope y al regresar, inundados de paz, esa paz que los dos tanto buscábamos, resignados y tristes, me dijo: —¿Sabés una cosa? Cuando galopo atravesando el bosque y de pronto me enfrento con el mar y cruzo la playa y descubro el cielo contra el horizonte y sigo galopando sobre la arena sabiendo que podemos hacer¬ lo horas y horas, junto al mar horas y horas, años y años, entonces no me importaría morirme en ese ins¬ tante como si ya hubiera realizado todo en la vida y comprendo a Mariano cuando viene expresamente des¬ de el Cerro en ómnibus a caminar conmigo por la orilla del mar. Y esa noche quiso ir a comer al centro. Toma- id mos el 104 ya que iba por la rambla. No me atreví a preguntarle dónde quería ir. Cuando llega¬ mos a 18 de Julio y Río Branco quise bajar. Se opuso. Descendimos en el puerto. Pasamos caminando por lo de Olascoaga. De lejos vimos la pieza encendida. En la puerta vaciló pero siguió de largo. Sentí cómo su mano apretaba nerviosamente mi brazo. Fuimos hasta el Olimpia. Nos sentamos en una mesa junto a la puer¬ ta. Apenas comimos. Tomamos café hasta que por fin aparecieron. Lucrecia nerviosa miraba el fondo de su taza vacía. Entonces Pablo se acercó y esa noche lo conocí. Nos invitaron a sentarnos con ellos. Termina¬ mos a las tres de la madrugada tomando café y caña brasileña en lo de Olascoaga. Hablé mucho con Laura. Era una chica extraordinaria. Ellos hicieron las paces. Salvo Lucrecia y Pablo todos me observaban insisten¬ temente. Volvimos en un taxi a Carrasco. —Menos mal que vuelvo contigo —dijo mirando el reloj—. Mamá a esta altura armaría las de San Quintín, pero cuando sepa que estás tú se calla la boca. Jamás podría imaginar que volvemos de lo de Olas¬ coaga. Su felicidad era contagiosa. Se moría por pregun¬ tarme qué me había parecido Pablo. No lo hizo y se lo agradecí. La hubiera herido demasiado. —Hasta mañana —le dije cuando bajando del taxi la acompañé hasta la puerta, aunque sabía que era men¬ tira, que mañana no volvería a verla, que no la vería más porque no podía seguir soportando tantos golpes desde que nací, siempre, siempre. Despaché al taximetrista. Tenía que caminar, tomar aire fresco. Estaba ahogado. Me dolía el corazón, los huesos, las uñas. Quizá me iba a morir allí, en la es¬ quina de su casa, como se mueren los enfermos conta¬ giosos, como se debe haber muerto Mariano en ese maldito hospital de Clínicas, absolutamente solo. Y cuando a las cuatro de la madrugada me puse a llorar en una calle de Carrasco, una calle con jardines en flor y árboles frondosos, mientras el ladrido de algún 87 perro y el canto de los gallos rompía el silencio de esa noche, que como muchas otras que vinieron. íue una noche de angustia y soledad, me di cuenta que todo estaba perdido y que no había caminos ni horizontes ni nada. 88 XII Fui a la fiesta del Tajamar con Emilio y Julián sabiendo que ella los detestaba. Sentados en el bar de adentro mirábamos bailar a las parejas de jóvenes y viejos. —No tan viejos —decía Emilio—. ¿Sabés?, es maca¬ nudo jugar a dos caras; raya o cruz, madre o hija, amante o esposa. No es cosa de perder el tiempo. Tú apareciste como siempre, tarde. Traías los ojos agresivos, verdes y tristes. Tenías el pelo suelto y el traje lila. Paco te miró y dijo: — ¡Qué hembra! —Pero histérica —replicó Jorge. Les hubiera pegado. Pensé que los dos podían tener razón. Estaba seguro que venías de ver a Pablo. Lle¬ gabas del mundito, ese mundito que conocía de me¬ moria a través de tu vida y la mía. ¿Qué estoy haciendo aquí mirándola, sintiéndola hablar, como cualquiera de estos cornudos que me rodean? Y sin embargo con tal de estar a tu lado no me importaba nada. Eras perversa o inconsciente. Quizá las dos cosas. Hacía tiempo había dejado de verte. Me negué desesperado a continuar ese calvario que me había impuesto tu doble juego de: ‘‘te necesito pero amo a Pablo” de “vengo a ti porque he terminado con Pablo” de “an¬ date con los tuyos que yo me voy con ellos”. Un día dije basta. Entonces no te cansabas de repetirle a Silvia: 89 —Lo que Alejandro no sabe es que lo quiero más que a nadie. Me mantuve firme un tiempo eterno. Sin ti todo era eterno. Aunque ahora mirándote, estoy perdido de nue¬ vo. A veces pienso que la única salida sería matarme o matarte. Pero tú gritarías enloquecida porque te darías cuenta. Quizá entonces llamaras a Pablo y Pa¬ blo no vendría. Tú sabes, lo sabés desde siempre que Pablo no vendría. En cambio yo, si me llamaras asustada atravesaría selvas, montañas, mares y más si p ablo quisiera asesinarte. Pero soy yo el que quiere ha¬ cerlo. Me rogarías que no lo hiciera y tu orgullo caería lentamente, como caen las hojas de las ramas cuando viene el otoño. Quedarías desnuda, implorando como los árboles que se doblan de frío y se arrugan y se repliegan buscando el sol que los proteja. Se que todo eso harías y mucho más, porque si de algo estás enamorada es de tu propia vida aunque afirmes que estás enamorada de Pablo. Te sigo mi¬ rando. Te acercás como lo has hecho siempre, Inva¬ diendo el aire, invadiendo todo. Entonces te saco a bailar y cuando te abrazo quiero abrazarte definitiva¬ mente, lejos de aquí, muriéndome por ti. Tú lo sabes y dejás que me muera como si fuese una cosa natural y lógica morirse por ti. Nos sentamos en un banco de piedra junto al lago. Me preguntás por qué no quiero verte, por qué huyo, por qué. . . Tengo ganas de matarte de nuevo y te digo que te amo y que te cases conmigo. Y como si el cielo se rajase con un in¬ menso relámpago y como si los astros cayeran uno a uno sobre la tierra, sobre nosotros sentados en este banco de piedra junto al lago, me siento partido al medio. Todo se nubla, se ilumina, se nubla y tengo que acordarme que soy un hombre, que los hombres no lloran y que... porque tú me has contestado que también querés casarte conmigo. Nunca me atreví a preguntarte que había pasado con Pablo. Recuerdo que tus amigos de facultad y de bohemia nos dieron una comida de despedida en el Olimpia. Los únicos que faltaron fueron Pablo y Ál- 90 varo. Esa noche nos enteramos que Alvaro no vino porque estaba borracho como una uva ya que también había decido casarse con alguien que no llegamos a conocer porque todo fue demasiado breve. Al hacer el brindis de rigor te encontraste con la mirada de Mariano y tus ojos se llenaron de lágrimas. Y cuando te volviste hacia mí te las habías tragado una por una. Sólo mostraste la sonrisa dolorosa que siempre me ha hecho sufrir. Recién anoche, después de diez años de matrimo¬ nio, me contaste sin que yo te lo preguntara, por qué te habías casado conmigo. Hubiera preferido morirme antes de saberlo. Lo que jamás comprenderé es cómo pudiste volver a su lado. Me dijiste lo justo: —Sos el único que no puede hacerme esa pregunta, porque si en algo nos parecemos, es en que los dos amamos de la misma manera. Tenías razón. —¿Entonces recurriste a mí? —te dije por decirte algo. —Sí. Entonces recurrí a ti. ¿Aún no te has dado cuenta de lo débil que soy? Sin tu amor que yo sabía seguro —lo único seguro de mi existencia— tal vez me hubiera suicidado ya que no hubiera podido separar¬ me de Pablo a pesar de todo. Pablo a pesar de todo. A pesar de ti. A pesar de nuestros hijos. A pesar de mí. Pablo. Siempre Pablo. 91 XIII Pero ese hombre que recorre la orilla del mar debe de estar enfermo. Tiene una extraña palidez y a veces se detiene como si el aire le faltara y quisiera gritar y no pudiera. Atravesando el muelle, observa impávido cómo las gaviotas se espantan a su paso. Mira las olas que cas¬ tigan a las barcas dormidas, las inmensas barcazas ino¬ centes de lo que pasa sobre la tierra, como si la tierra fuese otro planeta distinto y distante. Pero ellas tam¬ bién están sobre la tierra. Son parte de la tierra aun¬ que vivan y sufran y mueran en el mar, ese mar que Alejandro observa con malas intenciones. ¿Qué pasa¬ ría? ¿Cómo será sumergirse, helarse, hasta no sentir más que los peces y las algas y los maderos podridos de barcos enterrados y cerrar los ojos y descansar para siempre en el fondo del mar? ¿Qué importa entonces la mañana si ya todo dará lo mismo? La noche, el día dará lo mismo sabiendo que no habrá más pesadillas ni más cielos estrellados ni más reproches ni más es¬ peras ni más llantos ocultos. —Porque quiero saber el motivo de tus ojos enro¬ jecidos y tu mirada de animal acorralado y el llanto de los niños cuando sienten tus gritos sin control y te buscan y no te encuentran porque te has ido a vagar por el puerto, el bosque, las calles, como una loca, sí, como una loca, para luego al volver, abrazarlos desesperada y ¿estás triste mamá? ¿Querés que te haga 93 el cuento de la Princesita del Cerezo, mamá? ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No me apretes que me duele! ¡Que tengo miedo! ¡Miedo, mamá! Entonces vuelvo al hogar y veo a Lucrecia y cierro los ojos y la vuelvo a ver antes de su muerte cuando aún vivía entre nosotros. Porque lo que Pablo no sabe, aunque algún día voy a tener que decírselo, aun¬ que lo tenga que buscar por Roma, Madrid, París, por donde sea, cualquier parte del mundo donde se encuentre tranquilo en su taller de pintor, en su pieza, tomando mate frente a sus cuadros, sus dibujos, sus insultos, sus fugas, sus cobardías, sí, porque Pablo siempre fue un cobarde con miedo a complicarse pero complicando a los demás, sin carácter, sin fe, sin co¬ raje ni para enamorarse de una mujer, ni para dejarla diciéndole: “te dejo, no te quiero, no me servís” y sólo con ausencias, océanos, continentes distantes, sólo así se atrevió a dejarla. No fue lo suficientemente hombre, no lo es ni lo será y de ti sólo guardará un recuerdo ni muy chico ni muy grande.. . —Porque no es cosa de complicarse la vida cuando la vida en sí ya es complicada y por los que lo hubiera hecho ya están muertos, enterrados en el incendio de mi casa, de mi infancia, en la que aprendí que hay que vivir para uno mismo, salir adelante apenas uno mismo, como las plantas que crecen en tierras áridas. Y a los demás hay que tomarlos o dejarlos en su momento preciso, si no terminaremos igual que ella, in¬ cendiada, olvidada... ¿Y para quién vivió?... para nosotros que hoy ni nos conocemos como si fuéramos extraños, hermanos extraños saliendo adelante como se pueda, en este mundo hostil que es el tuyo y el mío, tan hostil que no te deja vivir a mi lado y te llena de hijos que también reclaman una madre que los ayude a vivir. Y tengo que irme solo, por una vez absolutamente solo; romper con este pa¬ sado donde también estás tú atándome a este pasado que detesto, que odio. Y no me reproches nada por¬ que no te engañé. Siempre dije que nuestro amor debía de terminar tarde o temprano, que somos 94 demasiado diferentes, que así como te deseo te rechazo y no puedo explicártelo ni explicárselo a nadie porque yo mismo no lo comprendo y no debemos, aunque tú crees que sobre los cadáveres nacen las mejores semillas, aunque tú digas y quieras convencerme... Lo que Pablo no sabe es que él, sólo él ha cometido un gran asesinato, porque Pablo te mató de raíz. Cuando creía que la vida te sobraba, que aún podía nutrirme de la tuya, estabas muerta. Me casé con una muerta. Muerta como mi madre que estaba muerta cuando yo vi la luz del día, ese maldito día en que nací marcado —porque el amor— me explicaste una vez —deja de ser amor cuando es uno solo el que se entrega. Pensaba entonces que lo que decías por mí, por mí que te había entregado cuerpo y alma, por mí que anoche me dijiste: —Cada vez que me hacés el amor, cierro los ojos y me entrego a Pablo. Ayer, cuando al fin nos confesamos lo que hace años debimos decirnos, descubrí cómo Pablo te había asesinado y cómo tú me habías destruido. Pero cuando Lucrecia me destruyó ya estaba muerta y Pa¬ blo vivo. Y lo que hacen los muertos no cuenta sobre la tierra. —Buenos días, doctor. Alejandro levanta la cabeza y 1 q mira. Hace cincuen¬ ta años que despierta a la misma hora y hace las mis¬ mas cosas: salir a pescar en "El Errante”, noble y viejo lanchón donde amontona cajones y redes, esperanzas y derrotas. Se ha levantado una suave brisa que viene del mar, agitándolo. A lo lejos Alejandro contempla un inmenso navio cruzando el horizonte. Mira a su alrededor y todo es perfectamente bello: lo que ha hecho el hom¬ bre y lo que ha hecho Dios. Se escuchan voces. Los pescadores llegan a sus barcas. Traen consigo sus ilu¬ siones y sus fracasos. Avanzan con su destino ineludible. Es primavera. Primavera de 1963. Los árboles tienen hojas nuevas y una golondrina vuela junto a las ga- 9 5 viotas. Un hombre recorre la orilla del mar. Es joven aún, pero agotado y envejecido como si sobre sus hom¬ bros pesara el dolor de la humanidad. Un niño con su perro lo detiene. —Señor —exclama el niño y lo mira con los ojos de todos los niños— ¿puede tirar este palo al agua para que Leo se bañe? No tengo fuerzas y se queda en la orilla. Alejandro lo mira absorto. —Señor —vuelve a insistir el niño— ¿no me oye? Quiero bañar a mi perro Leo y no puedo tirar el palo al agua. Alejandro toma el palo y con todo su impulso lo arroja sobre las olas. El perro se lanza detrás y con esa nobleza que tienen los perros en el agua nadando suavemente, recoge el palo entre sus dientes y se lo trae al amo. Sacudiéndose vigorosamente sobre la arena los empapa de arriba abajo. Una sonrisa de orgullo ilumina el rostro del pequeño que vuelve a darle el palo a Alejandro. Éste lo tira más lejos y una nueva sonrisa lo convierte en un hombre joven aún, reco¬ rriendo la orilla del mar durante la primavera del año 1963 con un niño de su mano. 96 PABLO XIV Primavera de 1963. Lucrecia: Hace más de quince días, cuando me separo de ti, escribo esta carta que tengo que entregarte mañana a más tardar. Me cubro la cabeza con la almohada para no escu¬ char tu llanto que también es el de mi madre, el que desde que tengo memoria he sentido a cualquier hora como una pesadilla que se nutriera de mi sangre y de mi impotencia, porque jamás pude hacer nada para que mi madre no llorara y más adelante me pasó lo mismo contigo. Quizá todas las mujeres sean así, pero si no lo son, ustedes dos deben de haberse parecido mucho, aunque tú pertenezcas a otra época y otra clase y eso es lo que nunca has queridos comprender. Pero mi madre está muerta y además no te conoció ni te hubiera conocido, porque si ella viviera yo sería distinto y mi vida sería distinta y no tendría que ta¬ parme la cabeza con la almohada para no sentirlas llorar. Muchas veces te dije que llegaría el momento en que no sabría que hacer de nosotros. Hace mucho rato que ha llegado y sé que tú no podés ver lo que yo veo cuando miro tu rostro porque detrás del tuyo hay otro y otro y otro que nunca he podido definir, 99 guardarlo en mí, algo como los sueños claros, cercanos pero inasibles. Entonces siento la necesidad de huir, desaparecer, como cuando un fantasma nos persigue de cerca y sabemos que está detrás, esperando el momento preciso, cuando nuestro espíritu esté al borde de la desesperación y la locura, para dejarse ver. Sí, porque todo lo que tengo detrás es un fantasma que va cre¬ ciendo de mi pasado, mi pasado que hoy quiero des¬ truir, nacer de nuevo, cortar de un golpe de hacha y estoy sintiéndolas llorar y sé que no puedo seguir vi¬ viendo así, porque tú Lucrecia, llegaste al mundo en forma diferente a la mía y aunque tus padres y los amigos de tus padres dicen que los has traicionado y que sólo tienen en común las paredes y los techos, mienten, porque tú Lucrecia Villegas, tú más que nadie ha demostrado que las raíces de la sangre no se cortan, sigues viviendo con las tuyas y yo con las mías, clavadas en diferentes y distantes territorios, tan distantes que cada vez estamos más lejos. Querría explicarte esto tan absurdo y tan lógico que es el escribirte una carta justo el día antes de irme en un barco que me lleve para siempre lo más lejos que pueda de ti y de este país que es el mío pero que representa "la broma de este país”, diría Alvaro, en medio de esta tormenta, este caos en que me debato hace años, desde que era niño y un hombre llegaba borracho al hogar a castigarme y ella se interponía; desde que era un adolescente y escondido en el altillo, frente a sus lágrimas y sus costuras, trazaba mis dibu¬ jos temeroso de que aquel hombre los destruyera con su risa... Porque no sólo guardo llanto en mi recuer¬ do, también hay una risa fría, larga, que me ha per¬ seguido años y años, que aún me persigue cuando tengo miedo. Y lo que pasa es que siempre tengo miedo, sí, aunque no lo creas, aunque nunca me haya atrevido a decírtelo. Recién hoy, escribiendo esta carta sin saber qué voy a hacer con ella, porque también tengo miedo de dártela, de que la leas antes de mi partida, de volverte a ver y de que llores en mi presen¬ cia aunque nunca lo has hecho. Porque sé que tu llanto 100 es igual al de ella y que si nuestro hijo hubiera na¬ cido me hubiera odiado como yo odié a mi padre, porque quiera o no quiera fue mi padre, el mismo que incendió la casa, el mismo que se quedó adentro para matarla. £1 sabía que ella, como tú hoy, como tú siempre, no lo abandonaría. Entonces yo no incen¬ dio la pieza de Olascoaga, porque sé que tampoco me dejarías morir solo, quemado, quemado de la cabeza a los pies. Y lo terrible es que tienes que ayudarme porque sin ti no puedo, no puedo mañana como ayer y antes de ayer entregarte esta carta y decirte: Lucre¬ cia no la leas hasta mañana de noche. Dame tiempo. Estaré lejos. En el medio del océano. Y no me podrás llamar. Y no te podré oír. Y no tendré que taparme la cabeza con la almohada porque he conseguido rom¬ per con mi pasado, ese pasado que ya estará siendo de otro, otro que quizá encuentres en tu camino por¬ que vas a encontrar a alguien y atraparlo en una his¬ toria que no ha de comprender, pero no es nada. Mañana de noche, cuando yo no esté más volverás a tu casa, tus cosas, tus hijos. Siempre es duro volver y peor cuando nos necesitan. He tenido que crecer a tu lado muchos años y te ate¬ rraría saber que sigo teniendo la estatura de un niño, un niño que tiene miedo de conocer su propia realidad. Pero tú desciendes de una raza de orgullosos patricios y de héroes, gente que nunca ha conocido el miedo. En cambio yo desciendo de los míseros frutos que el viento derribó en una sola noche de tormenta, de fuego y de cenizas. Tardé mucho tiempo en comprenderlo. Era tan difícil a tu lado... Pero hoy está todo tan claro, tan claro, que si cierro los ojos y parto, la inmensa claridad puede cegar mis ojos para siempre. Pablo Esa tarde cuando Pablo llegó a la pieza de Olascoaga se encontró con Lucrecia. Llevaba la carta en el bol¬ sillo de su saco y la sentía crecer como una planta de ortigas. 101 Imaginó que ya lo sabía. Manolo y Alvaro inventa¬ ron un pretexto y se fueron. Pablo deseaba una vez en su vida tener una actitud valerosa. Hacían once años de aquella mañana del mes de abril que decidieron de común acuerdo, en esa mis¬ ma habitación en la que hoy están parados mirándose sin saber que hacer, que decir, porque ha llegado el momento en que todo. . . no, todo no. . . ¿alguien sabe lo que va a suceder mañana cuando al despertar nos encontremos por primera vez cada uno en su sitio, en su vida, su miserable o venturosa vida, con un crimen a cuestas que nadie ha podido ni podrá perdonar, ese crimen tremendo que es la destrucción de las almas, de los seres?, porque muchos han sido los seres des¬ truidos. Y aquí estamos tocando fondo. Y si volvemos la ca¬ beza tendremos que doblarla sobre el pecho como ac¬ to de contricción tardío, inservible, estéril. Y si mi¬ ramos al frente, los viejos muros se habrán adelantado a nuestro pensamiento y estarán cerrando el camino. Y desde aquí donde estamos, clavados en un mismo sitio, indefensos como recién nacido que llora y no lo sienten, girando en un mismo círculo, en una misma dimensión, la de tu cuerpo y el mío cuando ocupan un mismo lugar, un mismo aire, y no hay más luz y es de noche oscura, fría, abandonada noche y gritamos y no nos oye nadie porque es de noche y queremos movernos y no avanzamos un paso en la noche, enton¬ ces los viejos muros se derrumban y a nuestro alrededor se abre un precipicio profundo como la pena desolada que hoy tienen tus ojos y que mañana seguirán te¬ niendo cuando yo esté lejos, en medio del océano, cielo, gaviotas, sin pasado, sin futuro, apenas un presente partiendo el agua, el mundo, el mundo de Lucrecia que no es, que no ha sido, que no será nunca el mío. Entonces Pablo le dijo que se iba. Al descender por la gastada escalera de piedra se encontró con la Morocha y el Flaco Candilas. Aún tenía que visar su pasaporte en el consulado de España y apenas le quedaba media hora. Luego llevaría la 102 valija y repartiría algunos cuadros entre los muchachos. Al sacar los documentos del bolsillo, cayó la carta al suelo. Como esperó un rato se puso a leerla. —Señor Pablo Olivera, pase. Empujó con su pie disimuladamente los trozos de la carta y en una radiante primavera del año 1963, Pablo emprendió el viaje que tanto soñara cuando dejando Fraile Muerto, casi un niño, vino a la ciudad en busca de un destino diferente, pero marcado e inexo¬ rable como son los destinos de todos los hombres de la tierra. INDICE Lucrecia. 7 Alejandro . 45 Pablo . 97 ALGUNAS COLECCIONES DE LA EDITORIAL AMERICALEE AMERICALEEFICCIONES ® ¡OH! de Piolín de Macramé (Florencio Escardó) POR ORDEN DE AZAR de Fernando Sánchez Sorondo TOCANDO FONDO de Graciela Saralegui ODA A BUENOS AIRES de José Isaacson SOCIOLOGIA DEL TANGO de Julio Mafud NUEVA BIBLIOTECA DE CULTURA SOCIAL SOCIOLOGIA DEL MATERIALISMO de Leoncio Basbaum SERVIDUMBRE Y LIBERACION de J. M. Velasco Ibarra PSICOLOGIA DE LA VIVEZA CRIOLLA de Julio Mafud LA SANGRE DE LA LIBERTAD de Albert Camus EL DESARRAIGO ARGENTINO de Julio Mafud CONTENIDO SOCIAL DEL MARTIN FIERRO de Julio Mafud BIBLIOTECA DE PSICOLOGIA DIRIGIDA POR PAULINA LANDOLFI COMPORTAMIENTO SEXUAL EN LA SOCIEDAD de Alex Comfort PSICOLOGIA HUMANA de J. de Sousa Ferraz NOCIONES DE PSICOLOGIA EDUCACIONAL de J. de Souso Ferraz PSICOLOGIA DE LA ANGUSTIA Y LA TIMIDEZ de J. de Sousa Ferraz NOCIONES DE PSICOLOGIA DEL NIÑO de J. de Sousa Ferraz PSICOLOGIA Y REEDUCACION DE LA ADOLESCENTE de Reyna Reyes LA ADOLESCENCIA, SU PSICOLOGIA Y SU EDUCACION de J. de Sousa Ferraz SE TERMINÓ DE IMPRIMIR EL 25 DE OCTUBRE DE 1965 EN A MÍRICA LEE. EDITORA I IMPRESORA, TUCUMÍN 353, BUENOS AIRES - ARGENTINA GRACIELA SARALEGUI Nació en Montevideo. Su in¬ fancia transcurrió en el cam¬ po uruguayo. Estudió Letras en la Facultad de Humanida¬ des. A los 16 años ya había publicado su primer libro de poemas. A los 20 obtuvo el Premio de Instrucción Públi¬ ca de su país con "Mares Ve¬ getales” (Poesías), que volvió a merecer 2 años después por "Silbidos Azules” (Poe¬ sías). Con "Sombras sin Sue¬ ño” ganó el Concurso Hispanoamericano de Poesías reali¬ zado en Ecuador. Vive desde hace 10 años en Punta del Este, donde ha fundado el Centro de Artes y Letras. Cola¬ bora en los más importantes diarios y revistas del Uruguay, y ha dictado conferencias en Quito, Guayaquil, Santiago de Chile y Montevideo. Ciertas particularidades idiomáticas, reflexiones de color local y los identif¡cables lugares donde se cumple la acción, atestiguan que Tocando Fondo es una novela uruguaya, aunque está inmersa en los problemas y las conmovedoras contradicciones del hombre de nuestro tiempo. Escrita en una prosa suelta y fuerte, Tocando Fondo atrapa por el aliento trágico y poético de su inflexible desarrollo. Los personajes, centrales (Lucrecia, Alejandro y Pablo) viven sometidos a la imperturbable ley del destino, buscando una verdad personal que se les escapa, deformándolos. En ésta, su primera novela, Graciela Saralegui revela se¬ guridad de pulso, originalidad en el tratamiento y alta temperatura humana, condiciones propias de los grandes creadores de ficción. EDITORIAL AMERICALEE S. R. L. BUENOS AIRES Tucumán 353 32-3750/0959